Todo empezó en el Sinaí. Alguien subió a la montaña bíblica, tuvo su tertulia divina y bajó con las tablas de la Modernidad. La historia moderna empezó el día que se esculpió, como ley, el verbo prohibir. Se prohibía matar, robar y un corto pero preciso etc. de acciones cuyas consecuencias dibujaban el caos social. Nacía, pues, la convivencia. Es decir, nacía el concepto de ciudadanía.Legalmente, mucho más no se ha inventado desde las Tablas de la Ley y, si tuviéramos que responder a la estúpida pregunta de la isla desierta, yo tendría claros mis tres textos referenciales: las Tablas de la Ley, los Ensayos, de Montaigne, y la Carta de Derechos Humanos. Quizá, complementando, El contrato social, de Rousseau. Más allá de la filosofía, que ha escudriñado los abismos interiores del ser humano, o de la historia, que ha narrado su épica, o de los sueños líricos, que han plasmado su poesía, incluso más allá de la ciencia, la historia del hombre (y de la mujer) es la historia de la libertad. Lo dijo Albert Camus en sus reflexiones sobre terrorismo, y no tengo manera de desmentirlo.

Y la libertad empezó prohibiendo. Esta contradicción, tan incómoda para los amantes religiosos del concepto –algunos aún colgados del Mayo del 68 y de su esotérico “prohibido prohibir”–, es el fundamento que la garantiza. En el Coloquio de IDEA, donde tuve el honor de participar, una periodista me preguntó si prohibir no implicaba reprimir. Sí, ¿y? ¿No es la democracia un ejercicio diario de represión? Diré más, ¿no se quiebra, cuando no consigue reprimir? La ley democrática reprime la corrupción, el asesinato, el robo, el racismo, la violación, el terrorismo, y ello garantiza el sistema político más libre de los hasta ahora inventados.

Quizá, si nuestros pueblos no vinieran de largas tiranías –de Franco a Videla–, no nos asustaríamos tanto con algunos conceptos demonizados. Sin embargo, o dejamos de temer a tres ideas de fondo –orden, autoridad y legalidad–, o no tenemos libertad. Y esta silla de tres patas es la que, según parece, serramos día a día, amparados por paternalismos izquierdistas que se enamoran del primer comandante Che que blande pancartas, destroza coches y ocupa la calle. Si me permiten la osadía, afirmaría que una democracia que tolera y ampara a los extorsionadores de la calle –el espacio compartido– es una democracia con un serio problema. Como tiene un serio problema si la independencia informativa no goza de excelente salud, si el poder le pone bozal a la sociedad civil, si la Justicia no es de fiar, si los intelectuales comprometidos se enamoran de todos los patanes populistas que pueblan las cancillerías políticas (con Chávez en el altar mayor), si nos equivocamos de referentes. A lado y lado del espectro ideológico, el compromiso con la buena salud de una democracia es cosa de todos. Porque la democracia, como todos los bienes escasos, es un bien frágil.
 

Empiezo, pues, con el título, “pacto de ciudadanía”, linda expresión que, en mi ciudad, Barcelona, ha llegado a categoría de ley. Personalmente, amo el concepto urbano, quizá porque, aunque tengo un alma rural densa y bella, es en las ciudades donde la convivencia adquiere su mayor complejidad.La ciudad es el escenario vivo donde se reflejan los valores cívicos de una sociedad, y si esos valores son escasos, la derrota de la libertad es rotunda. El ejemplo argentino, visto desde la distancia transatlántica, es paradigmático. ¿Es comprensible el fenómeno de los piqueteros? Con toda la humildad, reconozco que es imposible entenderlo, ni con los lentes de la solidaridad, ni con los anteojos del progresismo. No hay nada más retrógrado e insolidario que un grupo de tipos que, sin ninguna otra legitimidad que la apropiación indebida de algunas ideas, y con el método expeditivo de la amenaza y la violencia callejera, consigan convertirse en interlocutores y acaben siendo auténticos subvencionados del poder.

Ante tamaño dislate, ¿cómo quedan los ciudadanos que construyen sociedad, los que se implican o disienten por cauces democráticos? Si la extorsión es el método, la democracia no tiene espacio.

Sin embargo, y a pesar de la gravedad, ello quedaría en anécdota si este tipo de fenómenos –que, con variantes, se dan a ambos lados del Atlántico– no recibiera una mirada paternalista de la izquierda e, incluso, su defensa. La izquierda, que tiene una gran responsabilidad moral en el plano de las ideas –no en vano, goza de prestigio intelectual– tiene que empezar a reflexionar críticamente sobre sus propias miserias. Algunas, tan obvias, que afectan directamente la salud de la libertad.

Ejemplos. Pongamos uno que, por ser mujer, me resulta hiriente: el caso Quebracho y su amor apasionado por Irán. Personalmente, que existan unos tipos en el mundo que se han bebido las neuronas y que, bajo banderas libertarias, salgan a la calle a defender una teocracia totalitaria, que desprecia a la mujer hasta el delirio, que condena a muerte a los homosexuales, que considera los derechos humanos una maldad sionista y que está implicada en un atentado terrorista que mató a decenas de argentinos, todo ello sólo me dice que de locos e imbéciles, hay en todos los patios.

Pero, cuando veo que se convierten en interlocutores de los informativos, cuando sesudos intelectuales los aplauden, cuando el antisemitismo fascistoide suena bien a oídos ilustrados, entonces ya no se trata de una epidemia de imbecilidad. Se trata de una traición a la libertad. ¿Dónde está la izquierda en su compromiso con la Carta de Derechos Humanos? ¿Dónde está en la denuncia contra la opresión de la mujer en el islam? ¿Dónde, en la confrontación con los líderes populistas que, en nombre de la izquierda, oprimen a sus gentes, destruyen los derechos fundamentales y matan con coartada políticamente correcta? No vale enviar a los infiernos a Pinochet, y no hacerlo con Fidel Castro.

Quizá sólo se trata de eso, de volver al tablero de juego. Un tablero que necesita orden democrático para ser justo, autoridad para tener liderazgo y legalidad para garantizar los derechos. La libertad tiene unos límites precisos y, en su nombre, no se pueden vulnerar, sin destruirla. No todos los que blandan su bella bandera la defienden. No lo hacen los extorsionadores de la calle. Tampoco lo hacen los que, movidos por el odio al judío, gritan ¡viva Irán!

Fuente: www.pilarrahola.com

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