Fuente: www.pilarrahola.com 

 Ni el título de este artículo ni su encabezamiento tenían la intención de fijar la lupa en Ciempozuelos, municipio que estos últimos tiempos ya ha sufrido algunos mareos en materia de corrupción urbanística. Pero la nueva y flamante alcaldesa, Susana León Gordillo, llegada al cargo por el incómodo imperativo de tener al alcalde anterior entre rejas -delitos de cohecho, blanqueo de dinero y lindezas similares-, ha decido darnos munición extra para mantener vivo el buen nombre del municipio. Y, de paso, ha dado una muestra más de hasta qué punto uno puede ser progre, ir de izquierdas por la vida, y padecer un empacho mental de aúpa. Es decir, nuevamente ha demostrado que la izquierda dogmática puede ser muy reaccionaria. El tema es la conmemoración del Día de Memoria del Holocausto y de Prevención de los Crímenes contra la Humanidad, que en España es el 27 de enero. Durante la semana se han celebrado múltiples actos de recuerdo, entre otros, el del Parlamento catalán, o el que acaba de celebrarse en el Congreso. Pero dicha señora y su consistorio han decidido reemplazar el recuerdo del Holocausto, por un día de conmemoración del “genocidio palestino”, y para adornar el evento, han organizado una sesión de música árabe. Es decir, la muerte planificada e industrial de más de seis millones de personas, incluyendo un millón de niños, arrancados de sus pueblos de Hungría, Checoslovaquia, Polonia, Italia y Grecia y enviados a los campos de exterminio, con la desaparición de dos tercios de la población judía europea, no son motivo de conmemoración para la solidaria y progre alcaldesa de Ciempozuelos. No solo eso, sino que en un alarde de inmoralidad extrema, ha cometido todos los delitos clásicos del antisemitismo: ha banalizado la Shoá, hasta el extremo de convertir en holocausto cualquier conflicto armado; ha demostrado que las víctimas judías ni le importan, ni le conmueven; ha hecho dejación de la responsabilidad histórica que todo europeo tiene en la creación de una cultura antisemita que desembocó en la solución final; lejos de impartir pedagogía contra el nazismo, lo ha minimizado hasta el delirio; y finalmente, ha demostrado una vez más que la confusión sobre el concepto de solidaridad es una preocupante pauta de comportamiento, en determinados sectores de la izquierda. ¿Solidarios? No con seis millones de víctimas judías europeas. ¿Solidarios? No con las mujeres esclavizadas del islam, ni con los niños palestinos educados para ser bombas humanas, ni con los muertos a manos de dictaduras árabes, ni con los 30.000 muertos de Hama, en Siria, o los más de 100.000 muertos argelinos, asesinados por el integrismo totalitario. Ni tan sólo solidarios con los palestinos asesinados por los propios árabes, desde jordanos, hasta sirios. O con los libaneses cristianos que los palestinos masacraron. A esta progre de manual, sólo le preocupan los que han caído bajo balas israelíes, y por supuesto, no lo enmarca en un complejo conflicto bélico, que también ha causado centenares de muertos israelíes, sino que lo tipifica de genocidio, y se queda tan ancha. Entonces, el millón de muertos que ya ha perpetrado la locura islámica del Sudán, ¿qué debe ser?, ¿un paseo? Pero claro, ¡para qué importarle, si los tanques sudaneses no llevan la estrella de David!

Lo peor es la enorme frivolidad con que algunos usan los términos más malvados de la historia, y cómo, gracias a esa frivolidad, se convierten en cómplices de su banalización, ergo, en auténticos propagadores de su maldad. Desgraciadamente, Ciempozuelos no es una anécdota, sino un síntoma que va mucho más allá de esta noticia, y que arraiga en el solapado antisemitismo que define, hoy por hoy, a una parte sustancial de la izquierda militante. Esta misma semana, en els Matins de TV-3, pudimos asistir a un cara a cara entre el profesor Xavier Torrens i Eduard Ibañez, director de Justícia i Pau, sobre el tema de la penalización de la negación del Holocausto. Dejando aparte que en realidad dicha negación ya está penada en España -artículo 607/2 del Código penal vigente-, lo más trágico fue ver a una entidad seria y bondadosa como Justícia i Pau haciendo dejación de su responsabilidad ética y pedagógica, enmarcando el negacionismo del Holocausto -propio del discurso de extremaderecha- en una cuestión de libertad de expresión. Huelga decir que la coincidencia con los planteamientos del fascismo iraní no debió de molestar demasiado al simpático de Eduard Ibáñez, de cuyas buenas intenciones no dudo, tanto como no dudo de la severa frivolidad de la postura que defendió. En el fondo de todo esto, desde Ciempozuelos hasta el director de Jústicia i Pau, pasando por el silencio cómplice de entidades como SOS Racisme -que no sienten la necesidad de decir nada, por ejemplo, cuando un país miembro de la ONU monta un congreso para saber si existió el Holocausto, y donde se pasean lo mejor del fascismo de cada casa-, en el fondo lo que late es una enorme incomodidad por simpatizar con las víctimas judías. En parte, por corrección política, paraguas bajo el que se esconde lo mejor del pensamiento débil de izquierdas. En parte, por solidaridad selectiva, peculiar ceguera de nuestro tiempo que sólo ve a las víctimas que le interesan para sus prejuicios. En parte y en todo, por fobia antiisraelí, otra patología del pensamiento, hermana gemela del antiamericanismo militante del catecismo progre. Ciempozuelos es la metáfora de una izquierda que navega sin otro rumbo que el de sus fobias atávicas, tan perdida, que, con la pancarta del progresismo, acaba siendo el paradigma del discurso reaccionario. En el fondo, puro y duro antioccidentalismo.

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