Por Zeev Jabotinsky, 1935

 

Me he encontrado con nuestros pacifistas decenas de veces y en cada ocación les pregunté: ¿por qué siempre predican ustedes vuestras ideas a los judíos? Vayan a los árabes y conozcan de primera fuente en qué condiciones están ellos dispuestos a conciliar con nosotros. Y no sólo yo, por supuesto, pregunté tal cosa, sino todos. Pero ellos insisten en no dirigirse a los árabes. Más aún: se ofenden terriblemente cuando otros van a los árabes, les presentan las concepciones pacifistas y les preguntan, cómo ven ellos esa cuestión.

Hace aproximadamente tres años Ernest Davis, corresponsal de un diario berlinés en Jerusalém, visitó la redacción de cierto periódico árabe y entrevistó a su director respecto a las sosodichas propuestas de paz. Davis publicó enteramente tanto sus conceptos como la respuesta del director árabe. Las palabras del señor Davis incluyeron una versión exacta de la prédica pacifista, tan exacta y honesta que aún antes entes de ese sector, alemanes y hebreos no encontraron, por más que quisieran., ningún error… Y pese a ello, esos entes expresaron un indiscutible enojo haciel el señor Davis ¿En razón de qué? ¿Por qué? ¿Acaso la paz es un objeto de monopolio? ¿Y acaso no debe un corresponsal esclarecer las posiciones de los sectores involucrados?

El enojo se debía a que la contestación del director fue clarísima: No queremos ninguna paz hasta que renunciéis a la Declaración Balfour y principalmente a la aliá que nosotros no autoricemos. ¿Quieren ustedes paz con nosotros? Acepten entones entregar todo el país y principalmente la cuestión de la aliá al control de un parlamento de mayoria árabe. Cuanto encontremos adecuado tal será la cantidad de judíos que permitamos inmigrar anualmente.

Ninguna otra respuesta es dable de recibir de árabes en la actual situación de las cosas (por lo menos entre aquellos que no ocultan su pensar). Nuestros pacifistas lo saben y precisamente por eso no se atreven a conversar de ello con los árabes.

En el grupo de amantes de la paz se pueden distinguir tres sectores: uno, al estilo de Manilov. Piensan que todo depende del tono de voz que se utiliza con los árabes. Si habláramos manifestando simpatía, en forma cordial y convincente, entonces los árabes aceptarían todo. Es necesario solamente explicarles que nosotros los enriquecimos, les enseñamos a utilizar tractores, los acercamos a la cultura y en general hacemos de ellos “personas”. Si les hacemos ver todo esto como corresponde, asentiran con la cabeza y diran: “eso es otro cantar. Si así es la cosa, bienvenidos! Venid, reproducíos y poblad el país!”… No la vale la pena discutir con seriedad esta postura a lo Manilov. Es digno de destacar solo una cosa: en la raíz de esta concepción existe un elemento subconsciente de profundo menosprecio por el árabe. El desprecio es sólo subconsciente: están convencidos que ellos respetan a los árabes.

Hay un segundo grupo cuya inspiración y desprecio es totalmente consciente. Su representante más destacado me ilustró mas de una vez “créeme, nuestras finalidades son exactamente las mismas. Yo también quiero mayoria judía. Pero es preciso declarar algo totalmente diferente. Si no mezquinamos tales manifestaciones, encontraremos árabes incluso no carentes de influencia que corroboren en voz alta la sinceridad de nuestras promesas tranquilizadoras. De esta manera ganaremos tiempo”

– “Habla con franqueza – pregunte – ¿quieres engañarlos?”

– “¿Para qué usar tales palabras?”

– “Y tu crees que a un pueblo inteligente como los árabes, se les puede servir todo eso y ellos lo tragarán?”

– “Es posible. Ellos se lo tragarán. Yo los conozco.”

Tampoco una concepción como esta merece consideración:

Y, finalmente, tenemos un tercer grupo. Este contempla la cuestión de una manera más profunda. Comprenden que ni palabras cariñosas ni astucia provincial sirven para el caso y por ello proponen efectuar verdaderas concesiones. Efectivamente, no haremos de nosotros mayoría en Eretz Israel y por lo tanto no se justifica negar a los árabes el derecho a controlar la aliá judía. Antes que nada debemos apoyar la exigencia árabe de crear un parlamento aunténtico. Por supuesto, con mayoria árabe, pues constituyen mayoría de población. Por supuesto dependerá de ellos cuátos y exactamente qué judíos puede permitirse inmigrar a Eretz Israel. No accederán a una inmigración grande, pero si no es grande la permitirán, porque ya no existirá miedo entre nosotros, y con esto nos basta. Después se habla de la filosofia de Ajad Haam en forma que vilipendia su nombre y recuerdo (nada que ver con él. Su “centro espiritual” era imaginado como un país de mayoría judía. Ver su árticulo “Tres Peldaños”).

Los dos primeros grupos no se atrevieron a “ir a los árabes” porque en el fondo son conscientes de la fatuidad de su treta y de la irritabilidad de la negativa árabe. El tercer grupo “no se atreve” por diferente razón: teme que los judíos clamarán al unísono: “De ninguna manera, del todo no!” Y por supuesto que lo harán.

Y así, vegetan en su lugar estos tres grupos pacifistas, la expresión más estéril y disparatada de nuestra corrupción espiritual.

Extraído de: ASIES, traducción por Tzvi Bluvstein.  

  

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