LOS DERECHOS HISTÓRICOS A ERETZ ISRAEL

Moshé Umán

Fuente: Betar: Ayer, hoy y siempre. Editado por Movimiento Juvenil Sionista Betar. Oficina Latinoamericana


No es casual que Eretz Israel se llame así. Así se llama el país y así es considerado por la mayoría
de los pueblos cultos y por los judíos, porque el pueblo de Israel grabó en él su nombre desde los tiempos más remotos. Moisés lo conquistó y Josué lo colonizó. Allí fijó el pueblo su morada, construyó su reinado político y desarrolló su vida nacional y espiritual. Por eso y porque él nunca renunció a su tierra e inclusive continuó habitándola a pesar de haber perdido su independencia nacional, se fundamenta su derecho a Eretz Israel.

En contraposición, se escucha el argumento de que los árabes son los dueños de esta tierra, ya que se asentaron en ella después de haberla conquistado, siendo este derecho superior, porque el hecho su­cedió mucho más tardee y por lo tanto tiene más validez en la actualidad, y por el derecho a la posesión y colonización, durante los 1350 últimos años, que se extendió durante un período de tiempo mayor que el de los judíos. Este argumento requiere un análisis jurídico y moral, y en vista de los hechos his­tóricos debemos tener en cuenta 5 variables:

 

1- La conquista por medio de la guerra

2- La conquista por medio de la colonización y posesión

3- La consideración tierra patria

4- La referencia a la tierra como fuente de vida

5- El reconocimiento internacional

 

 

 

 

—1) La conquista por medio de la guerra: la conquista de Eretz Israel en la época de Josué tiene una importancia histórica primordial no sólo porque se trata de la primera conquista que tuvo esta tie­rra, sino porqué se trata de algo más que una “simple conquista”. Dicha primacía es producto del he­cho de que por primera vez Eretz Israel dejó de ser un territorio de “ciudades estado” y pasó a ser una única unidad política gobernada por un pueblo poseedor de valores espirituales y nacionales. Estos va­lores cristalizaron en un reino que se levantó y existió durante muchas generaciones. No sucedió lo mismo con la conquista árabe que tuvo lugar 1850 años más tarde, en el siglo VII después de Cristo. Esta fue una, en una larga serie de conquistas que la precedieron, pero que no tuvo (como el resto de las conquistas) el cariz que tuvo la conquista de Josué. Más aún: los pueblos conquistados en ese entonces por el pueblo de Israel desaparecieron, no existen, y ninguno de ellos reclama el “derecho a la primacía” Sin embargo, el pueblo judío, durante todas las conquistas que sufrió el país, no cesó nunca de reclamar su pertenencia al país. En la materialización de este reclamo tuvo mucha importan­cia el reconocimiento internacional (como se verá más adelante), pero también cuando enfrentó con éxito el ataque de 7 ejércitos árabes que la invadieron con el objeto de expulsar de ella a los judíos y de destruir su Estado. En resumen: si la conquista por medio de la guerra está reconocida en la legis­lación internacional como uno de los factores que otorgan a un pueblo el derecho a poseer un territo­rio determinado, este derecho es mucho mayor si el pueblo enfrenta con éxito los intentos de destruir su Estado.

—2) Conquista por medio de la colonización y la posesión: el principal argumento árabe es de que los judíos perdieron el derecho a la tierra de Israel porque la abandonaron y la descuidaron (en el len­guaje jurídico internacional: “dereliction”) durante cientos de años mientras que los árabes se hacen acreedores a ella porque se asentaron en ella durante muchas generaciones y hasta la actualidad (según la legislación internacional: “prescription”). Entonces, es conveniente revisar primeramente qué dice la legislación internacional acerca del término “dereliction”. El conocido jurista internacional L.P. Oppenheim, en su libro “Legislación internacional”, vol. I, artículo 247, escribe: “abandono del país (“dereliction”) quita el derecho de pertenencia al pueblo que la abandona. Esto se debe al hecho de que el Estado, que gobierna el territorio referido, lo deja y se aleja de él eternamente y por ello renun­cia a ejercer sobre él su gobierno. Sin embargo… para perder un territorio por “dereliction”, se requie­re primeramente un abandono real, y segundo —la intención de renunciar completamente a ejercer so­bre él su dominio. El solo alejamiento no es considerado como “dereliction” toda vez que se pueda suponer que los dueños del territorio cuentan con los medios y la voluntad de volver a poseerlo”.

Según esta definición, dudosamente se pueda decir que los judíos perdieron sus derechos por “dereliction”. Primeramente, porque no se trata de un “abandono total”, ya que durante todas las generaciones hubo judíos y comunidades judías en Eretz Israel, aunque así hubiese sido en pequeñas cantidades. Segundo, en lo referente a renunciar a la posesión de la tierra y en última instancia a go­bernarla, no sucedió así con el pueblo judío: los judíos que la abandonaron lo hicieron porque fueronexpulsados de ella por la fuerza y no porque quisieron hacerlo; siempre hubo intentos, a veces exitosos, de volver y asentarse en ella; durante cientos de años hubo revueltas contra las fuerzas que dominaban el país; los judíos que residían en tierras extrañas, y que en muchas ocasiones se vieron obligados a errar de país en país, nunca se consideraron habitantes de esos países, sino que siempre aspiraron a retornar a su tierra histórica, asentarse en ella y renovar la vida del pueblo.

El tema de la posesión es más complicado porque entre los especialistas internacionales no llega­ron a un acuerdo. Algunos sostienen que la posesión de la tierra otorga a su poseedor derechos de per­tenencia siempre y cuando se cumplan algunas condiciones, pero no hay acuerdo acerca del contenido y esencia de dichas condiciones, pocos son los que sostienen que la posesión no da derechos de perte­nencia. Con todo, la mayoría de los que aseguran que la posesión da derechos, sostienen que dicha posesión no debe ser cuestionada porque lo que importa en este caso es la estabilidad mundial. La pregunta entonces es, si la posesión árabe de Eretz Israel desde el siglo VII les da derecho a su pertenencia frente al hecho de que los judíos de ninguna manera aceptaron esa situación y siempre recla­maron que se les restituyan sus derechos sobre la Tierra de Israel. Debemos recordar que los árabes no eran los soberanos de ese territorio. Los soberanos fueron otras potencias que se sucedían una tras otra (cruzados, mamelucos, turcos, británicos). Cuando la legislación internacional habla de “estabi­lidad internacional” se refiere a la soberanía sobre el territorio y no a los que residen en él.

Sin embargo, no se puede negar el valor moral que tiene el asentamiento árabe en Israel y que se extiende a cientos de años, como así también al hecho de que representaban la mayoría de la pobla­ción del país. Aunque frente a eso hay dos hechos que no se pueden obviar: 1) junto a los pobladores árabes de Eretz Israel siempre hubo pobladores judíos. Estos también tienen derecho a la pertenencia aunque su número no permite decir que en ellos se deba basar el principio; 2) La posesión como cri­terio para tomar en cuenta quien tiene derecho a la tierra, es uno de entre cinco principios que juntos nos dan una visión completamente distinta.

 

—3) La relación tierra-patria; durante el correr de los años, sólo un pueblo se refirió a esta tierra como a la tierra de su patria: el pueblo de Israel. Los griegos, romanos, bizantinos, persas, cruzados, mamelucos, turcos —y también los árabes— se asentaron en ella durante un período determinado, construyeron fortalezas, pero de ninguna manera pensaron en Eretz Israel como en su hogar o patria. Inclusive en los siglos VII y VIII, los años de gloria del imperio árabe-israel no era sino un pequeño, oscuro e insignificante rincón, en un gigantesco imperio que se extendía desde la península arábica hasta Bagdad y desde Bagdad hasta Marruecos y España. La patria de los árabes es y fue —tal cómo lo indica su nombre— Arabia Saudita, no Eretz Israel.

 

—4) La referencia a la tierra como a la fuente de vida: el dicho “la tierra es de quien la trabaja” tiene una gran vigencia moral, aunque difícilmente pueda ser aplicada como principio jurídico obli­gatorio. La verdad es que Eretz Israel floreció y se desarrolló sólo cuando los judíos se asentaron en ella, trabajaron sus campos y de ella sacaron sus frutos. Los conquistadores que ocuparon la tie­rra durante decenas de generaciones no produjeron sino destrucción y desolación, y los árabes que se establecieron después de la conquista de Mahoma en el siglo VII no fueron la excepción. Cuando los judíos, en el siglo XIX, comenzaron a llegar en grandes números y a unirse con sus hermanos que ya habitaban en Eretz Israel, la encontraron abandonada y desolada. Con mucho cariño, energía y apasionada entrega los pioneros comenzaron a trabajar sus tierras: levantaron colonias —moshavim, kibutzim, aldeas y ciudades— compraron tierras, las escardaron y despedregaron, araron, sembraron mieses y plantaron árboles, las regaron y fertilizaron. Así redimieron el desierto, lo convirtieron en un páramo después de generaciones de abandono.

La propaganda árabe suele decir que árabes no están interesados en mejorar los campos o en mejorar las condiciones de vida de “Palestina” sino que sólo están interesados en obtener libertad po­lítica y civil para materializar sus derechos nacionales. Más, quienes así argumentan niegan un fenó­meno de suma importancia: la mayor parte de los árabes de Eretz Israel se sustentan en ese “mejora­miento” y “condiciones de vida” que crearon los judíos: ya sea por la disminución en la mortalidad infantil debido a las innovaciones médicas y sanitarias, que trajeron y desarrollaron los judío, ya sea por la inmigración árabe — especialmente durante los años, 20,30 y 40 — que llegó al país para disfrutar y aprovechar las numerosas fuentes de trabajo que generó la colonización judía.

—5) Reconocimiento internacional: el objetivo central del movimiento sionista, que surgió a fines siglo XIX, era el de asegurar al pueblo judío un Hogar Nacional propio y reconocido internacionalmente. Este objetivo fue parcialmente logrado en 1917 con la Declaración Balfour, que fue elaborada conjunto con otras potencias. Por primera vez, una potencia mundial -o un país cualquiera declaraba su apoyo a la renovación del. Hogar Nacional Judío en Eretz Israel (pág. 55). Esta declaración adoleció de varios defectos. En primer lugar, fue emitida por sólo un país. Considerando las características que poseía Gran Bretaña en esa época, parecería ser cierto el argumento árabe de que se trata de un acto imperialista, ya que Gran Bretaña no estaba autorizada a entregar una tierra que no era de ella. Este argumento cuenta con la simpatía de varios círculos de nuestra época, la época del antiimperialismo y anticolonialismo. Segundo: en la declaración no hay ninguna referencia al derecho del pue­blo de Israel a la tierra de Israel y ni siquiera se hace mención a la relación entre el pueblo y la tierra. Este defecto fue corregido, al menos parcialmente, en la carta por la cual la Liga de las Naciones — un organismo internacional que abarcaba a la mayoría de los estados de esa época — ponía a Eretz Israel bajo Mandato Británico. En ella se destaca, entre otras cosas, la relación histórica entre el pue­blo judío y la tierra de Israel. Otro defecto —que caracteriza a ambos documentos — es que no se men­ciona el término “Estado”. Sin embargo, esto fue corregido por las Naciones Unidas, en la decisión que adoptó la Asamblea General de dicha organización el 29-11-47 y por la cual se decidió levantar en Eretz Israel, dos estados, uno judío y otro árabe. Con esta decisión —y con la aceptación de Israel co­mo miembro de las Naciones Unidades seis meses más tarde — se concretó el objetivo central del mo­vimiento sionista acerca del reconocimiento internacional de las legítimas aspiraciones del pueblo ju­dío sobre su tierra.

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