Por hábito impuesto en mi casa y salvo que se presente algún obstáculo de fuste que lo impida, los días domingo cocino yo. Debido a tal motivo y dada mi inhabitualidad y torpeza en el trato con sartenes, cacerolas y otros chirimbolos culinarios el tiempo no me sobra y debo sacarle provecho a cada minuto del que eventualmente disponga.

Ésto me obliga en primer término a ser sumamente precavido con el horario y programar cada paso o distracción, a fin de que las viandas estén listas en el momento apropiado. No obstante, en tanto me encuentro inmerso en esa tarea y sin saber si habré de lograr culminarla exitosamente, todos los domingos también, a las 12 en punto, sintonizo el canal estatal argentino para ver el programa “Amia Para Todos”, con el objeto de enterarme que anda pasando en el seno de nuestra comunidad. El domingo 8 de abril también me subordiné a esa rutina, claro que desconociendo que, por vaya a saber cuales motivos, se había producido un corrimiento de media hora en la programación y en lugar de escuchar la clásica música judía vi en pantalla que un gastrónomo enseñaba con todo el énfasis del caso, la forma de preparar un manjar árabe. A mi me encanta la comida de los árabes, no por nada soy ciudadano israelí, así como por idéntica causa me embelesan algunas de sus melodías; razón por la cual no encontré impedimento alguno para seguir presenciando dicha emisión a fin de aprender algo más sobre dicho pueblo, parcialmente consanguíneo al nuestro.

El ciclo de marras, cuya meta es precisamente difundir la cultura y costumbres árabes, lleva por nombre: “Desde el Aljibe” y debo confesar que lo que vi y oí acto seguido atrapó gratamente mi atención. Desde el manjar pringoso pero exquisito que elaboró el cocinero antes mencionado, pasando luego por un interesante curso donde se enseñaba la técnica para ejecutar ritmos mesorientales en un interesante instrumento de percusión, y, claro, sin dejar de mencionar la visualización de una bellísima locutora de dulce voz, que era un verdadero regalo para la vista y el oído. Hasta que, faltando poco para su conclusión, el programa derivó en lo previsible, a la vez que indeseado y temido por mí. Así y todo quiero que el lector sepa que desistí de sacar cualquier conclusión a priori, en vista que mi bagaje de prejuicios cuando de “los primos” se trata, sobre todo para ser imparcial y auténtico en mis crónicas, hace rato que quedó arrumbado en algún rincón y totalmente fuera de uso. Desestímese por ello y de mi parte alguna añagaza y atengámonos todos a la verdad objetiva. Ya que, como indigno broche a un programa que discurría en forma por demás agradable, aparecieron en pantalla dos señores sentados uno al lado del otro, ambos de apariencia muy respetable, por los que sin embargo, después de escucharlos, 5 minutos más tarde perdí todo atisbo de respeto. Y no era para menos.

De cómo en tan corto espacio de tiempo se pueden decir tantos disparates juntos, nos tendría que ilustrar el más eminente de los psiquiatras. Porque en sólo esos 300 segundos, estas dos personas, por llamarlas de algún modo, incurrieron en una cantidad de despropósitos tan grandes y a cuál más delirante, donde se entremezclaron tanto las mentiras, así como la mala leche, con más una generosa dosis de propaganda fallidamente subliminal y sí bastante directa. De tal modo, en ese escueto lapso, quien posiblemente era un visitante y que se iba de viaje, cosa fácil de conjeturar puesto que el otro le preguntó si ya tenía las valijas preparadas, se despachó con un discurso que fue de menor a mayor, para terminar clavando, con la complicidad de su anfitrión, un artero cuchillazo en la espalda de un blanco ya prefijado. Blanco cuya identidad, es también fácilmente conjeturable.

Para no dar más vueltas al asunto y como de poco vale precisar demasiados detalles sobre la arenga la relataré con mis palabras, tratando de resumirla lo más posible. Era domingo de Pascuas y por ese lado atacó el hombre, que sin mencionar a qué confesión pertenecía o suscribía, habló como cristiano. Una entrada suave donde mencionó a Jesús y su calvario, sin aclarar la histórica condición de rabino judío del mártir. Y de allí derivó sin observar la más mínima coherencia, al genocidio armenio. Para concluir que habían existido 3 grandes genocidas en la historia humana: los cruzados (recordar de paso que hablaba en calidad de cristiano), los otomanos y… los “sionistas”. Y no nombró a ningún otro, más a propósito que sin advertir que se le quedaban en el tintero los nazis de Hitler y sus cómplices europeos, el Stalin que llenó de tumbas de disidentes la Unión Soviética, el Pol Pot que hizo otro tanto en Camboya, el Rey Hussein que aportó a la cuenta los cadáveres de 30.000 palestinos en la Jordania de los 70 y tantos otros por todos conocidos y muy largos como para enumerar.

Remarcó sí en cambio y muy especialmente la ferocidad de los sionistas y la masacre de Qana en la última guerra del Líbano y trató de agigantarla, demagógicamente ya que se estaba a finales de las Pascuas y no era cuestión de desaprovechar algo tan publicitariamente tentador, mencionando que fue el lugar donde Jesús hizo el milagro de multiplicar los panes y los peces. Una mentira ésta, a tal punto flagrante puesto que al día de hoy ya nadie ignora que se trata de dos localidades diferentes, que solamente comparten un nombre en común; casualidad toponímica la antedicha, de la que solamente la malicia de mentes fundamentalistas puede seguir insistiendo que son una sola. Porque donde ocurrió la desafortunada matanza, de la que aún no se ha establecido el responsable verdadero, fue en la aldea de Qana en Líbano y durante una guerra no declarada por los sionistas y donde Cristo (el evangelio según San Juan) hizo el milagro de los panes y los peces, fue en Qana, una aldehuela diferente y situada en Tierra Santa (ayer, hoy y para siempre: El Estado de Israel).

Con todo, no vale la pena seguir con las barrabasadas del dicente citado, su interpretación queda sujeta a la mayor o menor buena voluntad de sus ocasionales oyentes y serán ellos quienes determinarán si le creen o no. Más aún, le deseo al Aljibe que les dio pantalla que permanezca por mucho tiempo en el aire, aleccionando a quienes por la razón que fuere, les interese saber sobre la cultura árabe.

Inclusive, si tales televidentes son judíos. Previo deshacerse, por una cuestión de asepsia moral, de esos sujetos portadores de arengas ofensivas como la que acabamos de comentar y que impregnaron con tan mal olor un excelente programa. Pero al mismo tiempo y pese a la irrelevancia de los actores que he expuesto, se me replantea un interrogante, bastante pesimista por cierto.

Quienes presumimos de pacifistas y exhibimos públicamente nuestros pareceres, dividimos el campo árabe e islámico entre una ínfima minoría fundamentalista y beligerante y una inmensa mayoría moderada y amante de la convivencia. De eso por lo menos trato de convencerme yo y no imaginan cómo me gustaría no equivocarme en ello. Razón más que valedera como para alarmarme por lo escuchado el domingo 8 de abril, de boca de una persona a la que se podría, por las apariencias, reputar de moderada.

Y aquí aparece la pregunta, sobre cuya contestación deberemos cavilar muy concienzudamente todos: ¿con quién o con quienes, tratamos de negociar la paz?. Sin olvidar que entre tanto, las centrifugadoras de uranio de los ayatolás siguen trabajando a pleno ritmo y se nos viene encima el momento de tomar las grandes decisiones.

Fuente: http://www.radiojai.com.ar

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