Hay dos fuerzas distintas que activan dentro del fenómeno general llamado Antisemitismo: una es una repulsión subjetiva, lo suficiente fuerte y permanente como para convertirse en cualquier cosa, desde una afición hasta una religión; la otra es un estado objetivo de cosas que tienden a desterrar al Judío por medio del ostracismo, sin tener en cuenta si eso les agrada o no a sus vecinos.

A la primera categoría la denominaremos el Antisemi­tismo del Hombre y a la segunda “el Antisemitismo de las Cosas”. Para realizar un estudio de la primera, el mejor campo de observa­ción es Alemania; de la segunda, Polonia.

El autor presupone como un axioma, que la guerra no puede terminar sin que se liquide el régimen Nazi.

Es probable que cuando se derrumbe ese régimen, se imponga la restauración de la soberanía de todos o casi todos les territorios anexos y que en todas partes se establezcan consti­tuciones tan liberales y democráticas como sea posible, de acuerdo al mejor consejo de los Aliados o los Americanos. Y finalmente se puede esperar la creación de algo parecido a una nueva y perfeccio­nada edición de la Liga. Ahora no tendría importancia el inten­to de adivinar todos los detalles, aunque fueran los detalles más amplios y esenciales de ese futuro; pero la perspectiva política final se puede describir como realmente brillante y el autor oree firmemente en su realidad.

Además, él cree que todos esos pueblos oprimidos, una vez que hayan restaurado su seguridad y sentido común, tratarán honestamente de dedicarse, a la reconstrucción seria. El cree que fomentarán el aborrecimiento a la guerra; él espera que ellos, por lo menos durante una generación, descarten todo pensamiento de una revancha armada; él espera que ellos den un apoyo mucho más activo a la nueva Liga de las Naciones o a la Federación Europea o de cualquier otro nombre que tenga, que el que disfrutó la antigua, Liga de Ginebra. Es verdad, queda todavía un punto que no es muy claro, aún para el creyente más fiel; se trata de la forma en que las naciones arreglarán todas esas cuestiones espinosas de las provincias etnográficas mixtas, para poder satisfacer a todos y aplastar el irredentismo; pero su deseo de creer es tan ferviente, que prefiere no pensar sobre esas espinas. En resumen, de alguna manera todo se ajustará a su debido tiempo, con mucho trabajo pero sin desastres ulteriores. Mucha gente puede creer que este optimismo es absurdo: pero el autor lo niega, sus expectativas instintivas son sobrias y lo suficiente realistas. Credo, quia NON absurdum.

Sin embargo, existe un aspecto tan optimista, que aún el más pesimista lo debe descartar del todo y sin ninguna compasión: principalmente la creencia de que el cáncer del anti­semitismo puede ser curado, por medio de constituciones liberales y la supervisión de la Liga.

Sin duda, en estas constituciones y en el nuevo Convenio de la Liga, se incluirán las debidas provisiones para asegurar que la igualdad de derechos para todos sea inviolable.

En todos los países, el cumplimiento de estas constituciones deberá dejarse en manos de los gobiernos nacionales: métodos democráticos electorales asegurarán que esos gobiernos sean en lo posible, representantes de la verdadera actitud de las masas. Por esta razón, la operación actual de cualquier cláusula relacionada con la igualdad de derechos, dependerá de la actitud de las masas, en lo que respecta a los derechos de los judíos.

Registro Del Mal De Alemania Aunque parezca extraño, la terrible historia pasada del antisemitismo Alemán, parece que

se está hundiendo rápidamente en el olvido. En los países democráticos se esta creando un mito con el propósito de explicar que el mal se originó en el advenimiento de una persona llamada Adolfo Hitler, que nació en el ano 1888 y que si se pudiera deponérselo, el mal desaparecería.

La verdad es que Hitler tenía tanto que ver con el origen de este mal, como Napoleón con la invención de la pólvora. Napoleón no inventó la pólvora; él sólo hizo un magnífico uso de la misma; y cuando él desapareció, hubieron otros que lo sobrepasaron.

Alemania – y en este aspecto, Austria, estuvieron al unísono con ella, mucho antes del Anschluss –siempre fue el taller supremo del antisemitismo moderno o Allí, en Alemania y no en cualquier otra parte, se hizo el descubri­miento y se proclamaron los principios de que la oposición al judío no es religiosa sino racial, por lo tanto, el debe ser perseguido aun antes de que sea bautizado.

Allí y no en otra parte, se hizo la subli­mación del antisemitismo en forma tal, que adquirió el grado de una filosofía científica. En ninguna otra nación el “Odio-Judío” era una modalidad de pensamiento, adoptado abiertamente por tantos hombres prominentes, aun más, algunos de ellos se encontraban entre las primeras eminencias de las distintas tendencias de los dirigentes espirituales: Schopenhauer, Geuerbaek, Dühring, Treatschke. Houston Stewart Chamberlain, para poder tener éxito con el antisemitismo tuvo que establecerse en Alemania.

También en Alemania, no en otra parte, se modernizó y perfeccionó el aspecto práctico del antisemitismo: lo que había sido una simple tendencia de alborotos callejeros irregulares, la iniciativa alemana lo promovió a un sistema político.

Stoecker y Ahlward fundaron el movimiento en Berlín, introduciendo en el Reichstag, alrededor del ario 1893, el primer manojo de diputados para que fueran solemnemente (y en forma muy democrática) electos como el Anti-Semitische Partei; dos anos después, en Viena, Lueger conquistó triunfante la Munici­palidad de Viena, sobre una plataforma cuya principal o mejor dicho única, “palanca” era el odio al Judío, fue elegido Intendente Municipal en medio de escenas de salvaje entusiasmo de la masa y ocupó esa posición durante décadas. Tales cosas estuvieron sucediendo durante tres cuartos de siglo antes que se pensara que existiría el Partido Nazi.

Es una tontería pretender que los alemanes manifiestan el antisemitismo porque se lo ordenan y que si esa orden se anulara con la liquidación del Nazismo, ellos lo olvidarán todo.

Existe el registro del placer franco y voci­nglero que ostentaban todas las clases del populacho de Viena, en las primeras semanas posteriores al Anschluss, cuando a “las damas judías con tapados de piel se les ordenó que fregaran el pavimento de las calles y “ganz Wien” (todo Viena) venía en muchedumbres para observar y gritar de alegría y las madre* levantaban a sus bebes por sobre las cabezas de sus vecinos para que pudieran ver bien y no perder ese hermoso espectáculo “Por orden”? Por supuesto, allí debía haber una orden para desatar la bestia interior: pero el punto principal es la presencia de la bestia escondida; y que bestias numerosas!

El antisemitismo es una enfermedad endémica tradicional y originalmente alemana; no solo en Alemania, de ningún modo, pero en ningún otro país se manifiesta tan vehemente­mente como en Alemania» Y aquí, una vez más, como el autor no es ni un estudiante de psicología ni un sociólogo, no intentará explicar el fenómeno: solo un tonto o un mentiroso lo negaría.

Apuro Por Arrepentirse La caída del Nazismo no puede traer un n remedio esencial a esta enfermedad endémica.

Por supuesto, uno debe ser lo suficiente realista como para permitir el balanceo de lo que se llama péndulo: Cuando Hitler se vaya, quizás habrá alguna clase popular de apuro por arrepentirse de la orgía antisemita, debido en parte a razones oportunistas y en parte, sin duda, debido al disgusto genuino de las formas inhumanas, bestiales, que ha asumido la persecución.

Además, en el Tratado de Paz y en la nueva constitución estarán incluidas esas cláusulas de igualdad. Y más aún, no existe la menor duda que muchos judíos que fueron obli­gados a abandonar Alemania después del ano 1933, estarán ansiosos por retornar amella y dispuestos a perdonar y olvidar: algunos por causas de experiencias poco alentadoras que tuvieron mientras estaban en el exilio, otros debido a su afecto sincero por la tierra y la civilización alemanas.

Todo eso lo admitimos.

Pero todos los optimistas superficiales deben ser advertidos que el resultado de este retroceso será – casi inmediatamente, quizás dentro de unas pocas semanas del nuevo edicto de Nantes que abrirá una nueva era – un recrudecimiento venenoso del mal incurable.

Alemania fue el monstruo de la guerra favore­cido con el pasto, rico del forraje picante que tanto le gusta. Polonia era la codiciada tierra de caza, mucho más indefensa y más tentadora para el monstruo, porque esa misma mala hierba picante creció en su suelo mucho más rancia.

Desde el momento que Pilsudski ascendió al poder en el ano 1926 y quizás aún antes, la política de la República Polaca fue dictada por este objetivo superior: que no haya guerra en tierra polaca. Esto era el equivalente de – o así parecía ser entonces – “guerra, de ninguna forma”.

Entre todas las naciones que ansiaban la paz, –Polonia fue probablemente la que más se inquietaba por la paz mundial: no por lo que en general se entiende por pacifismo sino por algo mucho más efectivo que el pacifismo – a saber, el obvio e inequívoco propio interés.

Al mismo tiempo, todo el cinturón del Este Central de Europa, extendiéndole desde Riga en el Báltico hasta Constanza en el Mar Negro, estaba bajo la agonía de la más perniciosa clase de fiebre social: Polonia fue el foco principal de infección de donde se esparció al Norte y al Sur. Por supuesto, se trataba del mismo y antiguo mal: la fiebre del antisemitismo.

Tuvo su origen en la estadística que establecía que los judíos constituían el 10$ de la población total de Polonia y cerca de un tercio de su población urbana. Este hecho ineludible, viciaba y pervertía todo valor cívico. En esta atmósfera, “Democracia” significaba que en las municipalidades de Varsovia, Cracow, Lodz y en toda otra ciudad importante, los polacos debían compartir el poder con los Judíos casi, en la misma proporción; eso era lo que significaba la estadística, o así lo creía la gente.


“Igualdad de Derechos” en este atmósfera, significaba que en toda rama de la economía que producía una pequeña ganancia, el judío ya urbanizado se adelantaría ganaría a su competidor polaco, el hijo o él nieto de campesinos no muy perspicaces: o así lo creía la gente.

La rivalidad y disputas de Partido que tenían lugar en ese “clima patológico”, se convirtieron en un odio sanguinario: la crítica degeneró en calumnia; la temperatura y el temperamento de toda la vida pública eran tan peligrosos como el proverbial oso que tenía una llaga en la cabeza.

El ghetto del Este Central de Europa estaba condenado por su propia vejez. Ningún gobierno, ningún régimen, ningún ángel o diablo- lo pudo haber transformado en algo que se pareciera remotamente a una patria normal.

En Polonia había cerca de 750.000 judíos que vivían en las aldeas, donde constituían un promedio del 3,2% del total de la población rural. Estos tres cuartos de un millón de almas, con pocas excepciones, vivían de sus negocios o vendían mercaderías en las casas de los granjeros. El movimiento cooperativo comenzó mucho antes de la Gran Guerra, pero durante la última década alcanzó su máximo desarrollo.

En el ano 1938, en la Polonia rural había 3.207 cooperativas de consumo (350.000 miembros) 1.475 para el mercado de productos lácteos (626.000 miembros) y 453 para el mercado de productos generales (76.000 miembros) Este desarrollo estaba aniquilando en masa a los comerciantes judíos.

El efecto fue de lo más terrible, aunque sea notable, precisamente en los distritos de Ucrania, donde la propaganda antisemita directa era mucho más débil que entre los polacos y donde el Gobierno tenía menos razones para desear debilitar la influencia Judía, que las razones que tenían las Provincias puramente polacas: la prueba de que el fenómeno no tenía nada que ver con una voluntad conciente de dañar a los Judíos por ser Judíos, sino que más bien era inherente a la verdadera naturaleza del desarrollo. Ese fenómeno desalojaría a los mercaderes rurales, como si se tratara de un Armenio o un Chino; pero casualmente es un Judío, que no tiene adonde ir.

Esto también debe describirse como antisemitismo? Los Directores del movimiento cooperativo, la mayoría de los cuales son hombres instruidos, negarían con indignación esas acusaciones. Ellos dirían, “simplemente uno debe velar pri­mero por su propia gente.

Por supuesto, el antisemitismo de las Cosas, se debe como ultimo recurso a una evidente actitud subjetiva del ser Humano; la línea trazada aquí entre las dos clases de Judeofobia – la del Hombre y la de las Cosas – no es, sin embargo, una distinción artificial.

El antisemitismo humano es una enemistad activa, una incitación constante a dañar la raza odiada, a humillarlos, a verlos como se retuercen y se contornean debajo de los pies de alguien.

Es claro, que esa mentalidad agresiva y sadista no puede mantenerse siempre en forma candente en todo hombre medi­ocre de la comunidad: debe tener sus altibajos, sus períodos de erupción y de invernadero y aun en sus momentos más violentos, solo una minoría dirigente la manifiesta cuando atraviesa su etapa insaciable y aguda; la mayoría solo la sigue enseguida y disfruta ferozmente de la diversión.

En el “antisemitismo del hombre” existe un carácter mórbido, héctico, irresoluto – distinto al “antisemitismo de las cosas” que es firme, constante e inmutable y por lo tanto mucho más terrible.

Fuente: “Selección de Textos de Zeev Jabotinsky”

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