En la televisión de Bahrein el sheik Abdula Aal Mahmoud aconseja a quienes «opten por golpear a sus esposas» (sic) que las golpizas no hagan sangrar ni dejen moretones. Estos y otros piadosos consejos, así como debates acerca de si la mujer puede ocupar cargos políticos, pueden verse sin censuras ni comentarios en la página www.memritv.org, entre una colección de perlas de misoginia y judeofobia tomadas directamente de los canales televisivos oficiales de los países árabes e Irán.

En una muestra reciente (de un canal sudanés) Ahmed Bahr, parlamentario del Hamás, impetra a Dios para que elimine hasta el último de los judíos y de los norteamericanos (13 de abril de 2007).

Las incitaciones al genocidio que abundan en dichos medios no reciben desaprobaciones en los diarios occidentales ni quejas por parte de mujeres «progresistas y feministas» como Gema Martín Muñoz o Maruja Torres, demasiado ocupados todos denostando a Israel como para dedicar tiempo a nimiedades.

El caso al que alude nuestro título supera esta deliberada ceguera, ya que no se trata de izquierdistas que condonan al islamo-fascismo y su violencia, sino de una llana y directa incitación al genocidio proveniente de la izquierda supuestamente pacifista. El lector puede imaginar quién es el blanco de la furibunda verbal.

La actitud violenta es casi inevitable en la mentalidad totalitaria. Como sus esquemas acerca de la realidad son eminentemente maniqueos, literalmente sale de sus cabales cada vez que la realidad no responde al credo y por ello ansía aporrearla.

Lo ha explicado entre otros Sebastián Soler, uno de los máximos juristas hispanoamericanos. Soler redactó la base del Código Penal argentino de 1963 y fue Procurador General de la Nación. Su obra Derecho Penal Argentino (1945) es un clásico de estudio universitario.

Varias enseñanzas de Soler tienen aplicación en nuestros días. Una se extrae de su libro Ley, Historia y Libertad (1957) cuando alerta sobre el abuso de la ley y el derecho a fin de legitimar el ataque a ambos.

Otra surge de un ensayo menos conocido: Mecánica mental del antisemitismo (1964), en el que Soler toma como referencia la tesis de Jean Paul Sartre que se daba a conocer a la sazón, según la cual el judeófobo es «el hombre que tiene miedo. No de los judíos sino de sí mismo, de su propia conciencia, de su libertad…»

El jurista define el «espíritu de abstracción» que activa al judeófobo, un sujeto que «ha construido los más sumarios esquemas, pero resuelve que ese conocimiento es suficiente para la acción, que no quiere saber más». A quien odia le irrita que el judío provea (sin proponérselo) información adicional que podría cuestionar lo ya conocido. Quiere descansar en la limitada «información» que obra en su poder; no necesita más a fin de poder actuar violentamente en consecuencia. Ansía descargar esa violencia, y le molesta que un nuevo dato pudiere modificar el proyecto en el que se sustenta su fanatismo. Por eso, nada podrá convencerlo de que no debe apalear.

Sebastián Soler advierte de la peligrosidad de «cuando ese conocimiento defectuoso, acompañado de la voluntad de no saber más, se proyecta sobre las relaciones humanas y sociales… porque nuestras acciones son desencadenadas a partir de una imagen, pero recaen sobre un ser real». Y concluye que el pensamiento del judeófobo «no es pensamiento especulativo; no está movido propiamente por una voluntad de conocer, sino por una voluntad de actuar. En su esencia no es propiamente pensamiento sino acción aberrante».

Un vivo ejemplo acaba de encarnarlo Balbino Pérez Bellas, ex arquitecto que aunque lleva una pródiga vida de burgués se precia de igualitarista, y quien durante la última Asamblea Comarcal del Bloque Nacionalista Gallego (Vigo, 30 de marzo de 2007) afirmó que «la única solución del conflicto del Oriente Medio consiste en que Irán arroje una bomba atómica sobre Israel» (omitió agregar que «los sionistas deben ser exterminados por asesinos»…).

Este caso extremo de incitación al genocidio podría haber concitado a los asambleístas presentes a sofrenar a Balbino, ya que después de todo aducen oponerse a la guerra. Pero no: lejos de condenar el exabrupto lo coronaron con un aplauso cerrado.

Me tocó conocer personalmente el odio militante de este mismo gentío a finales de mayo de 2003, cuando fui invitado por la Asociación de Prensa de Lugo a participar en un debate que tuvo lugar en la Galería Sargadelos. Entre la audiencia había un bullicioso grupo obviamente reclutado para no permitir que me explayara y para perturbarme con gestos socarrones y «preguntas» tales como «todo lo que usted diga es mentira», «vosotros sois nazis» y «tú me das lástima».

Consciente de la dificultad, me limité a expresar cuánto deseamos los israelíes la paz con los palestinos, y que nos es muy arduo enfrentarnos a tanto terror y brutalidad. Que sería bueno ayudar a democratizar las sociedades árabes, que el conflicto no es territorial; no había nada que se dignaran oír. Ésa es la manera de diálogo para los totalitarios. Monopolizar la razón y atribuir a sus enemigos toda la maldad.

Han abrevado de una ideología para la cual la política es una especie de ciencia exacta; no hay intercambio de ideas sino imposición de dogmas.

El Talmud, más abierto que la ONU

Un comentario talmúdico pareciera anunciar hace unos dos milenios la virtud del respetuoso debate cuando se explica que dos corrientes rabínicas perseveraron en discordar durante tres años hasta que se sentenció que ambas opiniones eran válidas. Aún no satisfecho con esta mera aprobación de la divergencia, el Talmud formuló una elocuente pregunta: si ambas escuelas de pensamiento (Hilel y Shamai) eran aceptables ¿por qué predominó la primera? La respuesta constituye una alabanza a la pluralidad intelectual: «porque eran amables y humildes, y explicaban también la opinión del adversario». Parecería constituir la antípoda del totalitario de hoy.

En el transcurso de una reciente conferencia en una universidad vallisoletana (26 de abril de 2007) me tocó dirimir con los estudiantes si acaso existen métodos para reconocer cuándo un argumento es más verdadero. Cuando se trata de los portavoces del mundo totalitario en general o del islamo-fascismo en particular, la dificultad disminuye, ya que ninguno de ellos podría sostener ponencias contrarias al régimen bajo el cual viven. Ninguno de los sheiks mencionados podría manifestar sus deseos de paz con Israel sin ser expeditamente perseguido. En cambio en Israel la libertad de expresión está protegida por ley y si yo enunciara opiniones diametralmente opuestas a aquellas en las que creo podría pronunciarlas libre y protegidamente en donde me encontrare. Esa circunstancia de por sí aumenta la verosimilitud de las ideas que provienen del mundo libre.

Es más complicado empero entender la motivación de quien desde Occidente promueve veredictos que llevan a su destrucción. Para comprender estos casos bien puede ayudar el citado estudio de Sebastián Soler.

Pero a veces no se trata de personas sino de organismos internacionales, de los que somos testigos que son secuestrados por los totalitarios. Verbigracia la ONU frecuentemente se transforma en un marco protector para que regímenes islamo-fascistas puedan descalificar a las democracias (especialmente a una).

Un caso patente se dio hace poco más de un mes en Ginebra durante la Cuarta Sesión del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (23 de marzo de 2007). Hillel Neuer, representante de la ONG «UN Watch» que monitorea el buen desempeño de la ONU, hizo un comentario que recibió por toda respuesta un negación típicamente fanática. Señaló Neuer:

«Hace seis décadas, como consecuencia de los horrores nazis, se creó el Consejo de Derechos Humanos. ¿Qué ha sido del noble sueño? En esta sesión vemos la respuesta: frente a los informes de tortura, persecución, y violencia contra las mujeres en el mundo, ¿qué ha decidido el Consejo? Nada. Su respuesta delictiva fue la indiferencia.
Aunque hay algo que el Consejo sí ha hecho: promulgó una resolución tras otra condenando a un solo Estado, Israel. Ignoró al resto del mundo y a sus millones de víctimas en 191 países.
Así, los asesinos racistas y violadores de mujeres de Darfur nos declaran que se preocupan de los derechos de las mujeres palestinas. Más de 130 palestinos fueron matados por las fuerzas palestinas, tres veces más que el total que se usó como pretexto para convocar a las sesiones especiales contra Israel…
El sueño de los fundadores de este Consejo está convirtiéndose en una pesadilla.»

Le tocó responderle al mexicano Luis Alfonso de Alba, presidente del Consejo, cuyas palabras moverían a risa si no movieran a vergüenza:

«Por primera vez no daré gracias por una intervención. No toleraré ninguna declaración similar en el Consejo. Es inadmisible. Le advierto que en el futuro observe una conducta mínima apropiada. Cualquier otra declaración de tonos similares se quitará de los registros».

Para Balbino y para Luis Alfonso, cuando se trata de Israel no hay debate: hay bombas atómicas para que no queden registros.

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