De The International Herald Tribune / La Nacion Jueves 3 de Mayo
JERUSALEN.- La Bolsa está en alza. El shekel está en alza. La economía está en alza. El terrorismo está en baja. La violencia está en baja. La preocupación está en baja. Entonces, ¿qué es lo que anda mal en Israel, si tantos indicadores apuntan en la dirección correcta?

Casi todo, parece, después de la publicación de un devastador informe que arremete contra el primer ministro Ehud Olmert, lo acusa de incompetencia en la conducción de la guerra del año pasado contra Hezbollah, y le reprocha su “serio fracaso en la tarea de ejercer su juicio, su responsabilidad y su prudencia”.
La comisión Winograd, compuesta por cinco miembros y encabezada por un juez retirado, Eliahu Winograd, no limitó sus críticas a un precipitado e imprudente primer ministro, a un desatinado ministro de Defensa sin conocimiento de asuntos militares y a un ahora retirado jefe de estado mayor cuyo “profesionalismo, responsabilidad y buen juicio” dejaban mucho que desear. El informe extendía también su juicio condenatorio a Israel mismo, pintando el cuadro de una sociedad que se ha vuelto complaciente, poco preparada para la guerra, sólo lista para “conflictos asimétricos de baja intensidad”, que cree engañosamente poseer suficientes elementos disuasorios y mal coordinada en los niveles gubernamentales más altos.

Este estudio de la desorientación refleja una profunda desconexión: entre el Israel que durante casi seis décadas no ha logrado liberarse de la amenaza contra su existencia y un Israel colmado de majestuosas autopistas, empresas de alta tecnología, centelleantes rascacielos y todos los símbolos de un país estable y moderno.
La guerra, conocida aquí como la Segunda Guerra del Líbano, fue la primera en la que Israel se involucró en el curso de casi un cuarto de siglo. También fue la primera que sorprendió al país sin el liderazgo de los leones de su lucha fundacional y conducido por una generación que se formó en una escuela mucho más blanda. El simbolismo de la figura de Ariel Sharon, yaciendo inerte y en coma durante los 34 días del conflicto, no podía ser más adecuado para el momento.

El hecho de que Israel, durante una guerra que causó la muerte de 160 israelíes y alrededor de 1000 libaneses, haya tenido un ministro de Defensa, Amir Peretz, del Partido Laborista, formado en las luchas sindicales y no militares revela mucho sobre el estado del país.
Por cierto, los predecesores de Peretz incluyen a David Ben-Gurion, Moshe Dayan, Menachem Begin, Yitzhak Rabin, Sharon y Ehud Barak. Previamente, Israel jamás había imaginado que se había convertido en Suiza.

Entre todas las vergonzosas conclusiones del informe, tal vez esta oración sea la que demanda relectura: “El ministro de Defensa no tenía conocimiento ni experiencia en temas militares, políticos o gubernamentales”.
¿Cómo? En asuntos de vida o muerte, Israel merece algo mejor, y también sus vecinos árabes, con quienes el país aún lucha por lograr un acuerdo.
Entonces, ¿ahora qué? Peretz es ya una figura humillada que, según parece, perderá con seguridad el liderazgo del Partido Laborista la semana próxima, posiblemente ante Barak, ex primer ministro. El teniente general Dan Halutz ya ha renunciado a su cargo de jefe del estado mayor. El núcleo del asunto es el futuro de Olmert y su coalición.

Ha jurado luchar, pero su situación es nefasta. “No sería correcto dimitir, y no tengo intención de hacerlo”, dijo Olmert. Sin embargo, resulta difícil imaginar cómo un premier que ha sido calificado como carente de juicio y prudencia en la guerra podría sobrevivir en el cargo. Además, hay acusaciones o afirmaciones de corrupción que se ciernen sobre varios miembros del gobierno, incluyendo a Olmert, un reflejo del mismo Israel complaciente cuya capacidad de conducir una guerra se mostró tan disminuida.

No obstante, es probable que a corto plazo Olmert se sostenga. Tiene una cómoda mayoría parlamentaria y ninguno de los partidos de la coalición está ansioso por nuevas elecciones que probablemente los castigarían.

Los posibles reemplazantes

Dentro de su coalición y su partido, los reemplazantes más obvios de Olmert son la canciller Tzipi Livni, que ayer pidió la renuncia del primer ministro, y el veterano Shimon Peres, ahora vicepremier.
Ambos salieron relativamente incólumes del informe, pero Livni nunca ha sido probada en el cargo más alto en un momento en el que se critica duramente la inexperiencia. Y Peres, a los 83 años, no parece ser el hombre adecuado para infundir la nueva esperanza que demandan los israelíes.

El público, si actuara, podría derrocar a Olmert; para hoy se ha programado en Tel Aviv una manifestación que servirá para medir la intensidad de la furia popular. Pero, según Aluf Benn, comentarista del diario Haaretz , “el público está demasiado satisfecho con la economía como para lanzar una campaña de protesta masiva, y lo cierto es que nadie, salvo las familias de las víctimas, pagó un precio alto por la guerra”.
Es cierto que los daños fueron insignificantes. En general, la seguridad ha sido mejor desde el conflicto. Israel siguió funcionando tranquilamente, incluso mientras Hezbollah se fortaleció después de que Olmert jurara aniquilarlo y de que la disuasión israelí demostrara su ineficacia.
L
os palestinos, detrás de los muros y las cercas, continuaron relegados al margen de la conciencia de casi todos los israelíes, y todo ha vuelto a cubrirse con una pátina de tranquilidad.

Pero esa calma, aun cuando persista, tiene pocas probabilidades de rescatar a Olmert. Ya se ha convertido en un producto en mal estado. Golda Meir y Dayan fueron destituidos por la investigación realizada por la Comisión Agranat sobre la guerra de 1973, y la Comisión Kahan, que investigó la guerra del Líbano de 1982, le costó a Sharon el cargo de ministro de Defensa, y finalmente provocó la renuncia de Begin.
Ese grado de responsabilidad es esencial para el duradero vigor de Israel. Como dijo la comisión: “Una de las mayores fuentes de la fuerza de la sociedad israelí es su capacidad de ser libre, abierta y creativa”. Como ejemplo, en Medio Oriente, basta ver una comisión que vilipendia al primer ministro que la convocó para comprender que se trata de un proceso estimulante que, además, debería resultar instructivo.

¿Y cómo sería una comisión saudita para investigar cómo fue que 15 de sus ciudadanos llegaron a estar entre los terroristas del 11 de Septiembre? ¿O una comisión libanesa dedicada a enterarse de cómo ha podido operar Hezbollah como un ejército casi independiente dentro del Estado? ¿O una comisión iraní para develar cómo fue que las esperanzas de su revolución de 1979 sólo desembocaron en otra forma de dictadura?

Cuando se convoquen estas comisiones, la situación en Medio Oriente saldrá del estancamiento.

Traducción: Mirta Rosenberg

Anuncios