Fue Manolo Vázquez Montalbán quien acuñó una de esas frases que marca los pálpitos de una generación. El “contra Franco vivíamos mejor”, que él apuntó como un dardo contra una izquierda anquilosada que no avanzaba más allá de su adolescencia, se convirtió en la metáfora de un estado de ánimo. Al fin y al cabo, toda situación extrema es fácil de lidiar, no en vano los buenos y malos están definidos, algunas tristes vidas alcanzan sueños épicos, y la felicidad de los simples chapotea en los territorios maniqueos. En la actualidad, algún líder político aún habita en la frase de Manolo, y así le va con los Mossos…

Dejando a Franco bajo la losa, lo cierto es que la concepción ideológica a la contra, resulta cómoda en los planteamientos que obligarían a una complejidad intelectual que no se da en estos tiempos de pensamiento fast food. Y así vemos cómo muchos conflictos se miden en función de las lentes antiamericanas y antiisraelíes que marcan la mirada de la izquierda auténtica. Contra EEUU viven tan bien estos solidarios de pacotilla, que solo les preocupan los conflictos donde las barras y estrellas o la estrella de David ondean al viento. Y así, se mueren a miles en Darfur, porque no interesan los asesinatos del fundamentalismo del Sudán. O el horror de las mujeres oprimidas del islam. O las guerras del África olvidada.

Ahora vuelve el horror al Líbano, y las noticias explican, con sorprendente delicadeza, los movimientos del Ejército libanés. Soy de los que están encantados de que el Líbano acabe con el santuario terrorista financiado por Siria e Irán. Pero me llama la atención que esa delicadeza no se diera cuando Israel entró en el Líbano para lo mismo: acabar con un Hizbulá armado hasta los dientes, que amenazaba su integridad. Si Israel se defiende, es culpable. Si ataca, es culpable. Si mueren los suyos, son culpables. Y si matan, son culpables. Y es que hay una progresía que explica el mundo en función de la maldad israelí, y cuando no le cuadra, la inventa. Lo dijo un sabio hace tiempo: para qué preocuparse de la realidad, si uno es propietario de un buen prejuicio.

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