Generalmente, cuando en el deporte se miden representantes de países enfrentados diplomáticamente, se advierte que no se debe mezclar la disciplina deportiva con la política. En ciertas ocasiones, ocurre lo contrario. Existe, lamentablemente, la fusión inoportuna de ambos rubros. Y en varias oportunidades las víctimas de estas agresiones son atletas judíos. ¿Quiénes pueden provocar los actos discriminatorios? No es necesario quemarse el cerebro para descubrir a los responsables. Ellos son las naciones árabes. En diferentes torneos profesionales ya se originaron hechos con las características mencionados. Estas actitudes son tomadas también por individuos musulmanes destacados internacionalmente y reconocidos a nivel mundial.

Hace escasos días se organizó un certamen de esgrima en El Cairo, Egipto. Compitieron israelíes, entre ellos, Dalila Jatuel quien conquistó la medalla de plata pero estuvo muy cerca de la de oro aunque el árbitro, oriundo del estado anfitrión del evento, no se lo permitió. La mujer hebrea vencía en la final a su rival alemana 14-10. Sin embargo, el juez de la pelea ignoró infracciones cometidas por la europea. En consecuencia, el resultado se revirtió 15-14. Cuando se preparaban para subir al podio en busca de la presea los organizadores se negaron a izar la bandera israelí. Las competidoras, que acompañaban a Dalila en el recibimiento de los premios, en un acto ejemplar de solidaridad, suspendieron su participación en la ceremonia. Finalmente, la bandera fue elevada por un encargado de limpieza.

El caso explicado es el reflejo de lo que sucede en países árabes en los cuales, a pesar de que alguno de ellos mantiene relaciones normales con el gobierno de Olmert, continúan con la fomentación del antisemitismo y utilizan el deporte para este fin.

Egipto firmó la paz con Israel en la década del 70. Supuestamente, es la nación islámica que posee mejores vínculos diplomáticos con Tierra Santa. Actúa como mediador para la devolución de los soldados secuestrados. Pero, surgen estos hechos que exhiben las dos caras de la moneda. ¿Qué se puede esperar entonces del resto de los vecinos en cuanto a la tolerancia y el respeto hacia la población hebrea?

Acaecieron, en otras oportunidades, conductas discriminatorias contra sujetos judíos. En un campeonato de judo, un árbitro iraní se negó a dirigir un combate en el cual participaba un israelí. En los Juegos Olímpicos del 2004, uno de los torneos más importantes del mundo que simboliza la unión de los pueblos, nuevamente un iraní, considerado en aquel tiempo el mejor de su disciplina, se resistió a enfrentar a un homólogo israelí. Podrá ser el más valioso en su deporte pero el peor en incentivar la paz en Medio Oriente. Por el otro lado, nunca se conoció un caso en el que un atleta hebreo se opuso a competir ante un musulmán. La intolerancia surge por parte de los árabes.

En el mismo certamen de esgrima en Egipto, el israelí Tomer Or obtuvo la medalla de bronce. Tomó sus precauciones y él mismo se encargó de izar con orgullo la bandera que flameó bien alto ante la mirada de todos. Y seguramente continuará flameando en diferentes disciplinas y rincones del planeta por más que a muchos no les agrade.

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