Por Horacio Vázquez-Rial

La respuesta está en el currículum del personaje. La extraordinaria labor de pesca de altura con anzuelo en los procelosos mares de internet que realiza y distribuye a algunos corresponsales Mayka García me ha facilitado la labor de exhumación de todas esas cosas que sucedieron hace cuatro días pero que nadie parece recordar. El grueso de la información que expongo a continuación procede de Discover the Networks, página que recomiendo.

La primera cosa que no solemos evocar es el origen del nombre de Abú Mazen, nombre de guerra, en el sentido estricto de la expresión, de Mahmud Abbás, nacido en Safed, bajo el mandato británico en Palestina, en 1935. Tras la fundación del Estado de Israel y de la ocupación del resto de las antiguas posesiones inglesas por Jordania y Egipto, Abbás estudió leyes en El Cairo y después se mudó a Moscú para continuar su formación, que culminó años después con una tesis doctoral de carácter más que negacionista, posteriormente publicada en forma de libro con el revelador título The Other Side: The Secret Relations between Nazism and the Leadership of the Zionist Movement (El otro lado: las relaciones secretas entre el nazismo y la dirección del movimiento sionista). ¿Hay que confiar en el autor de libro tal, tan afín al pensamiento de Ahmadineyad?

Con el apoyo de los soviéticos, se reunió en Qatar a mediados de los años 50, cuando él contaba 20, con un grupo de militantes palestinos en la clandestinidad. De ese encuentro surgió el movimiento que desembocaría en la OLP y en la corriente interna que, en 1957, tomaría el nombre de Fatah. Sus estrechos vínculos con Yaser Arafat datan de esa época.

Recordemos que el hecho de que su tesis versara sobre una cuestión tan querida a la judeofobia nazi no podía ser casual, como no podía serlo su unión con el sobrino del Gran Muftí de Jerusalem Al Huseini. No obstante, estableció lazos, a lo largo de las décadas de 1960 y 1970, con organizaciones y personas de la izquierda israelí, de la izquierda de la diáspora judía y de movimientos pacifistas, controlados casi absolutamente en aquella época por la URSS. Se dice que, gracias a esos contactos, fue una de las piezas clave de los acuerdos de Oslo de 1993; de hecho, acompañó a Arafat a la Casa Blanca cuando éste acudió a firmarlos.

Siempre acompañó a Arafat, en la paz como en la guerra. Estuvo en Oslo y en Washington, sí, pero antes de eso había estado en la organización de la masacre de las Olimpiadas de Múnich, en la que murieron once atletas israelíes. Es el cerebro fáctico de la operación, Mohamed Daoud Oudeh, quien sostiene que Abbás estaba detrás de Abú Nidal en Setiembre Negro, la etiqueta pública de entonces. No está de más recordar que Abú Nidal se llamaba en realidad Sabri al Banna y era familia de Hassán al Banna –fundador de los Hermanos Musulmanes y abuelo, a su vez, de Tariq Ramadán, ese señor al que se recibe en la Fundación Atman con honores de prócer intelectual–, además de amigo de Al Huseini, el tío de Arafat. ¿Hay que confiar en el hombre que da las órdenes en esa familia, el visir de esa corte?

La alabada moderación de Abú Mazen no es tal. Mucha gente cree aún que se opuso a la Intifada, pero en marzo de 2003, ya como primer ministro de la ANP, declaró a un periódico árabe de Londres, el Asharq al Awsat: “La Intifada debe continuar, y el pueblo palestino tiene derecho a resistir y a emplear todos los medios posibles para defender su presencia y existencia”.

Lo cierto es que, como primer ministro y como presidente, incumplió tanto los Acuerdos de Oslo como la Hoja de Ruta. Desde la muerte de Arafat, Mahmud Abbás viene hablando de la importancia de “implementar los principios” del líder desaparecido; ha hecho públicos elogios de Hezbolá, afirmando que es “una fuente de orgullo y un ejemplo” para la “resistencia árabe”; ha calificado de “bárbara carnicería” la muerte de cuatro terroristas palestinos cogidos con las manos en la masa por el ejército israelí, y su traición a los acuerdos de Oslo y a la Hoja de Ruta ha pasado siempre por la idea de que “Israel llama terroristas” a quienes en realidad son “combatientes” palestinos “en lucha por la libertad”. “Alá ama al mártir”, ha afirmado. ¿Hay que confiar en un promotor del martirio?

Siempre acompañó a Arafat, en la paz como en la guerra, pero tampoco para él fue hombre de fiar. El rais lo designó primer ministro a regañadientes porque, al cabo de incontables desplantes y retrocesos de última hora, que culminaron en su negativa radical a aceptar ninguna de las condiciones propuestas por Barak y Clinton, ni Israel ni Estados Unidos querían negociar con él.

Abú Mazen, durante todo su desempeño como primer ministro, sostuvo constantes luchas por el poder real con Arafat. En setiembre de 2003, a sólo seis meses de haber jurado el cargo, dimitió por no poder gobernar con la oposición de Arafat y de líderes de otros movimientos, como Hamás y la Yihad Islámica, y por no poder controlar los servicios de seguridad palestinos. Dio paso a Ahmed Qurei, y tuvo que esperar a la muerte de su antiguo jefe y amigo (¿?) para volver a la carrera por el poder. ¿Hay que confiar en un tipo en el que ni siquiera ese traidor natural que era Arafat podía confiar, aunque fuesen tal para cual?

La campaña presidencial de Abú Mazen, en 2005, fue radicalmente antiisraelí, llena de menciones al “enemigo sionista” y a “las almas de los mártires”, y cuando ganó las elecciones dedicó su victoria al “hermano mártir” Arafat (¿pero cuándo fue mártir ese hombre?) y declaró: “La pequeña yihad ha terminado, ahora comienza la gran yihad”.

Tres meses más tarde, en marzo de 2005, invitó a dirigentes de Hamás, la Yihad Islámica y el Frente Popular por la Liberación de Palestina, todos con base en Damasco, a trasladar sus cuarteles a Gaza y unirse a la OLP en un Gobierno de coalición tan pronto como Israel completara la desconexión. Eso sucedió en agosto del mismo año, cinco meses después, y Abú Mazen dijo entonces:

Debemos recordar que todos nuestros logros son resultado del sacrificio de los mártires (…) Este paso será seguido por posteriores retiradas de Cisjordania y Jerusalem (…) Continuaremos (…) hasta que no quede un solo palestino en las cárceles israelíes.

En diciembre, Abú Mazen aprobó una ley por la que se autorizaba el pago de 2.200 dólares a las familias de los mártires, en su mayoría terroristas suicidas. ¿Hay que confiar en un tipo que promueve el “martirio” pagando a las familias de los suicidas?

A comienzos de 2007, cuando los conflictos con Hamás y los demás grupos islámicos llegaron a un punto crítico, no llamó a una política diferente, y mucho menos a una política de Estado distinta del alqaedismo reinante, sino que convocó a la unidad: “Debemos dejar de lado nuestras luchas internas y alzar nuestros rifles contra la ocupación israelí”. “Debemos unir la sangre de Hamás y la de Fatah contra Israel, como hemos hecho desde el comienzo de la Intifada”.

En febrero de 2007 se firmó el acuerdo de unión de Fatah y Hamás: “Las dos únicas opciones que tenía eran la guerra civil o la unidad nacional, y he elegido la segunda”, afirmó. La guerra civil ya está ahí, y es el dúo Ahamadineyad-Ben Laden el que financia y el que alienta a Fatah al Islam.

Sus relaciones con Ahmadineyad parecen ser excelentes. No caben dudas acerca de su postura respecto de Israel, aunque por razones tácticas haya dado el paso de reconocer formalmente el Estado: la voluntad de hacerlo desaparecer del mapa es un reconocimiento de existencia, de modo que no es del todo relevante, según convenga, que se lo protocolice. ¿Hay que confiar en un sujeto que te dice: “Usted existe, pero yo me propongo hacerlo desaparecer”?

No. No se puede confiar en Abú Mazen. Lo único que lo enfrenta a Hamás y al resto de las organizaciones islámicas radicales es el poder. No los objetivos, que son los mismos para todos desde hace décadas, sino quién manda. Quién manda por debajo de Ahmadineyad y Al Asad, o, para ser más precisos, porque esos dos son personajes circunstanciales, de Irán y Siria. Quién manda en Palestina, apenas un peón en el gran juego islámico.

Fuente: Libertad Digital

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