Sería inimaginable que si se hallara a la niña Madeleine McCann (secuestrada en la Praia da Luz de Algarbe el 3 de mayo) se permitiera a sus raptores conservarla.

Lamentablemente esa imposibilidad no resulta de la inmoralidad insita en abandonar a su suerte a una niña violentada, sino simplemente de la necesidad de obtener resultados después de esfuerzos tan sostenidos.

Se movilizaron trescientos policías portugueses ayudados por helicópteros, se escudriñaron leguas de terreno, se puso en acción a la Guardia Republicana ayudada por perros rastreadores, se abrieron sitios web, se dedicaron cientos de horas de radio y televisión, se ofertaron millones de euros por información, se creó el Fondo Madelaine para No Dejar Piedra sin Remover… después de todo ello sería impensable que una vez ubicada se dejara a la desdichada pequeña seguir padeciendo el cautiverio.

Sin embargo, insisto, la preponderancia que tendrían las consideraciones utilitarias por sobre las éticas se desprende de un hecho irrefutable: miles de niños como Madelaine están hoy sometidos a la vista de todos pero nadie osa importunar a sus secuestradores.

Estos veinte mil madelainitos no merecieron exhortaciones de Bekham ni de Harry Potter, ni la bendición del papa, ni miles de regalos para estimular a su familia, ni nada. Pero ahí están, a pesar de que las agencias de noticias los soslayen y los defensores de derechos humanos los empujen a una quinta prioridad porque están ocupados en monitorear al pérfido Israel.

Los madeleinitos sufren y mueren en la península arábiga después de haber sido secuestrados por traficantes de párvulos en sus aldeas en Pakistán o Bangladesh, para ser utilizados como jinetes de camellos en fastuosos torneos que tienen siglos de tradición.

niños jinetes camelleros en Qatar, abril 2005

Cuando muere, un niño camellero se reemplaza fácil y expeditamente. Decenas están esperando en sus jaulas, en las que se les da de comer una galleta diaria desde los cinco años de edad para que cuando lleguen a la pubertad no pesen más de cuarenta kilos, requisito para que el camello corra velozmente.

Las carreras más ostentosas se llevan a cabo en Dubai, uno de los países más ricos del mundo. Allí residen un cuarto de los madeleinitos, pero la asociación de académicos británicos y el principal sindicato de esa nación acaban de anunciar que al único país sobre el que exhortan a un boicot general, es el judío.

Emires y jeques hacen gala de cuidadísimos y alimentados camellos, sobre los que montan jinetitos esclavizados desde que se les mintiera que sus padres los han vendido para que jamás intenten fugarse. En sus mazmorras se les colocan cascos bajo el sol abrasador del desierto porque el calor consigue que su nariz sangre, y este ingenioso método permite reducir aun más el peso, condición que dijimos es prioritaria en la escala de valores de los entrenadores y sus amos.

 

La mayoría de los mancebos terminan castrados durante el entrenamiento o la carrera debido a que los sacudones de los camellos golpean sus genitales. Ello cuando no se caen para siempre y quedan enterrados sin tumbas en las exóticas dunas de la brutalidad.

Los transportan por miles de kilómetros por las antiguas rutas de esclavos, golpeados y hambrientos hasta Karachi, y de allí a su estigio destino. No tienen documentación ni estatus legal alguno. Son baratijas. Si rehúsan montar los persuaden las golpizas. No reciben educación alguna y terminan olvidando de qué país provienen. Son cuerpitos para camellear. Si ganan una carrera, el sheik dueño del animal premia al entrenador y al camello. Al niño sólo golpes.

Las dinastías del mundo árabe petrolero sostienen esta práctica atroz, esas corruptelas a las que Occidente les perdona todo.

Eureka: he aquí veinte mil madeleinitos. No recibiremos recompensa por la denuncia, salvo alguna sorna de los portavoces del pensamiento único y de la aquiescencia con los regímenes islamo-fascistas que aspiran islamizarnos a todos.

 

Demasiado ocupados

Se sabe cuál será el final de los madeleinitos, de los miles de hoy y de los miles que les sucederán para mantener viva la tradición de las carreras. Serán carroña en los arenales, o eventualmente explotados por los esclavistas para atender los establos, o se hundirán en las condiciones más atroces en prisiones árabes como castigo por ser «inmigrantes ilegales».

En contraste con la pobre Madeleine, no nacieron en Rothley ni tienen ojos claros o tez blanca. Sus condiciones infrahumanas reflejan la moralidad de un mundo que tolera todo de los petroleros, y la de los medios que nunca los mencionan porque están ocupados denostando a Israel.

Este país fue el único condenado en las últimas resoluciones del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, reunido en Ginebra el 20 de junio pasado. El Consejo está conformado por 47 naciones que, en palabras del delegado norteamericano Alejandro Wolff, padecen de «una patológica obsesión con Israel». …Por varios milenios, nos permitimos agregar provocadoramente.

Una de las españolas más patológicamente obsesivas es Maruja Torres. Baste leer su crónica sobre la trágica muerte de seis soldados españoles en el Líbano (Morir en Jiam, El País del 25 de junio de 2007, página 20). En apenas cinco párrafos se las ingenió para mencionar tres veces a Israel (siempre negativamente, que es el único modo que tiene la Torres de recordarnos), un país que no tuvo nada que ver con la tragedia. Más aún: la propagandista admite al cerrar su artículo que le gustaría que el responsable fuera el hebreo…

Los esclavistas tienen éxito en focalizar toda la moral del mundo contra el Estado judío, y de este modo sus regímenes quedan exentos de dar explicaciones y premiados por la vista gorda que le obsequian «progres» y criptodrinos.

En el mundo árabe el término «jinete de camello» se va popularizando como un insulto que significa algo así como «zafio, ineducado». Sólo quien descubre el origen de la expresión trata de evitarla para no herir la sensibilidad de los emires que se divierten con el fenómeno.

Eureka, lector. La encontramos a Madeleine. A veinte mil de ellas. Se sabe dónde están pero no se moverá un dedo para rescatarlas. Se las dejará morir en sus camellos para no herir las sensibilidades de los dueños del oro negro.

 

La continua explotación de jinetes de camellos es parte de la aquiescencia general para con el mundo violento, fanático y terrorista de algunos regímenes árabes e Irán. Uno que decapita infieles, apedrea mujeres «desviadas», lapida homosexuales, amputa manos de ladrones, y permite golpear a las esposas y matar a las hijas «por honor familiar». El que se ensaña brutalmente con la única democracia en Oriente Medio.

Un mundo en el que se ejerce regularmente la clitoridectomía, la extirpación cruenta del clítoris, en la mayor parte de los casos sin anestesia, con ayuda de un cuchillo u hoja de afeitar, un casco roto de botella o el borde afilado de una lata. Seis mil adolescentes son sometidas diariamente a la práctica, una cada quince segundos. No se requiere de su consentimiento y a las desgraciadas se les prohíbe llorar o gritar durante la operación para «no avergonzar a su familia». Se lleva a cabo sobre todo en los países islámicos, aunque proviene de prácticas tribales que preceden al Islam. Más aún, es inusual en algunos países musulmanes como Irán, Turquía y Jordania.

Un modo más invasivo aún es la infibulación, en donde a la clitoridectomía sigue el cosido y cerramiento casi total con alambre, fibras vegetales o hilo de pescar, para que el marido abra los puntos con una daga en la noche de bodas, y vuelva a coser si debe partir por un tiempo.

Desde Occidente se acepta la «diversidad cultural» y se opta por pedir perdón por caricaturas, suspender óperas de Mozart, prohibir películas que hieran sensibilidades (hay un solo tipo de sensibilidades a cuidar) y castigarnos a quienes desafiamos el pensamiento único y proponemos que los derrotemos. Derrotarlos aunque más no sea para rescatar a veinte mil madeleinitos que esperan la sensibilidad de los de aquí.

Fuente: El Catoblepas

 

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