La semana pasada, la Administración Bush anunció su decisión de reforzar militar y económicamente a sus aliados clave en Oriente Medio. A lo largo de una década, Israel recibiría 30.000 millones de dólares, Egipto 13.000 y entre Arabia Saudí y los demás países del Golfo Pérsico otros 20.000. Israel y Egipto han sido los dos mayores receptores de asistencia financiera y militar estadounidense durante casi tres décadas ya, y si bien Arabia Saudí es también un aliado clave de Washington (a partir de la dependencia petrolera), la decisión de incluirla en el paquete, no obstante, ha sido recibida con escepticismo en no pocos rincones de Israel y del propio Estados Unidos.

Tal escepticismo deviene de la naturaleza del régimen saudí, así como de la sospecha de un giro en la política exterior de esta Casa Blanca.

Luego del 11 de septiembre de 2001, la Administración Bush comprendió que era imperativo reevaluar las premisas de la política exterior en Oriente Medio. Un comunicado de la Casa Blanca dio expresión a esa inquietud: “Durante medio siglo, el objetivo primario de Estados Unidos en Oriente Medio fue la estabilidad…El 11-S comprendimos que años de perseguir la estabilidad para promover la paz nos ha dejado sin ninguna de las dos. En lugar de ello, la ausencia de libertad ha hecho de Oriente Medio una incubadora de terrorismo. El status quo anterior al 11-S es peligroso e inaceptable”. De aquí surgió la impetuosa corriente democratizadora para esta región, que parece no haber colmado sus propias expectativas al cabo de estos años. Con esta última decisión de apuntalar a la monarquía feudal de Riyadh, Washington parece haber abandonado su noción libertadora de manera definitiva.

Es cierto que la determinación de reforzar con arsenal político, económico y militar a aliados regionales es eminentemente lógica. Ante el avance del chiísmo extremista iraní, por un lado, y el del sunnismo radical de Al-Qaeda y Hamás por el otro, parece sensata la idea de ayudar a los países interesados en contener dichas amenazas. Ello a su vez podría servir de aliciente para que naciones como Siria, que están hoy bajo la órbita iraní, reconsideren su actitud al apreciar los beneficios del tutelaje americano. No es casual que los integrantes del Eje del Mal regional hayan protestado contra esta iniciativa. Además, tal como analistas han señalado, un abandono americano de la Casa de Saúd sería contraproducente para Washington sin una contrapartida de mejoramiento en la conducta saudí. Riyadh podría adquirir armamento de otros proveedores internacionales y al hacerlo no solo permanecería bien armada, sino que dejaría de depender de USA para el mantenimiento y actualización de sus equipos, algo que debilitaría políticamente a Washington ante Riyadh.

Aún así, las dudas persisten. Cabe preguntarse primero si Riyadh estaba tan necesitada de asistencia económica a la luz de los ingresos de 650.000 millones de dólares que ha tenido la OPEP el año pasado, de la cual Arabia Saudí es su principal miembro. En segundo lugar, la conducta política de Riyadh ha dejado mucho que desear como para merecer semejante premio. Aún continúa poco dispuesta a cooperar en la estabilización de Irak, a controlar la financiación que sus muchos príncipes dan al integrismo islámico, a endurecer su relación con Hamás, a normalizar seriamente sus vínculos con Israel, a liberalizar su política interna o a detener la promoción de educación yihadista en sus mezquitas. Seis años después de que 15 sauditas participaran del peor atentado terrorista en suelo norteamericano, el 45% de todos los terroristas suicidas en Irak hoy son saudíes, según informa el diario Los Angeles Times.

Y, por supuesto, está el tema de la inestabilidad oficial. Tal como ha indicado Bret Stephens, del Wall Street Journal, la edad de los actuales dirigentes sauditas anuncia su inminente partida, y con ellos quizás la gobernabilidad. El Rey Abdulah, actual líder, nació en 1924. Su sucesor designado, el Príncipe Sultán, nació en 1926. Los siguientes en la línea son el Príncipe Nayef, nacido en 1933, y el Príncipe Salman, de 1935. Otros candidatos posibles son el Príncipe Bandar, de 58 años, que por ser presumiblemente hijo de una esclava no sería elegible, y el Príncipe Saud al-Faisal, de 67, que tiene problemas de salud. Y luego restan una docena de príncipes multimillonarios como condimento perfecto para la intriga palaciega. Como trasfondo, la posibilidad de un golpe de estado islamista no es descabellada, y es un escenario en el que este nuevo armamento quedaría en sus manos. En vista de todo esto, resulta cuestionable la idea de invertir tanto en una monarquía no del todo cooperativa, no del todo estable, y no del todo amigable.

En la actual coyuntura geopolítica, reforzar a los saudíes es lógico. Queda por ver si es prudente y, a largo plazo, conveniente.

Fuente: Libertad Digital

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