Fuente: http://www.diariodeamerica.com

Por Robert Spencer

Michael Moore lo dijo hace algunos años: “No hay ninguna amenaza del terror en este país. Esto es mentira. Es la mayor mentira que nos han contado”. Esto se ha convertido en sentido común en la izquierda, unido cuidadosamente a una notable buena disposición hacia los yihadistas islámicos: un destacado ejemplo era la abogada feminista radical Lynne Stewart, que se convirtió en correo del jeque ciego Omar Abdel Rahmán, en prisión hoy por su papel en el atentado del World Trade Center de 1993. Las actividades de diversos miembros del “no violento” Movimiento de Solidaridad Internacional han planteado numerosos interrogantes con sus vínculos con yihadistas violentos.

Abdalá al-Muhajir, también conocido como José Padilla, era condenado el miércoles por apoyar actividades terroristas y, según Associated Press, “conspiración pará asesinar, secuestrar y mutilar a gente a ultramar”. En la página web izquierdista Daily Kos, Padilla es elogiado como “un mártir americano de la ‘guerra contra el terror'”, y su juicio se compara con la histeria de la caza de brujas: “Igual que fue el caso durante las cazas de brujas de antaño, solamente el socialmente impopular, el mentalmente enfermo y el políticamente peligroso acaban al extremo de una soga o en otra hoguera de vanidades políticas más”. El apenas alfabetizado comentario continúa para explicar que la acusación contra Padilla “giraba en torno a un único trozo de palpel [sic]: un documento con sus huellas dactilares”. No se hace ninguna mención al hecho de que “el documento de palpel” resulta ser una solicitud de Al -Qaeda.

La entrada del Kos es apenas un ejemplo pequeño de la tendencia de la izquierda a ver virtualmente todo esfuerzo defensivo contra la Yihad global como manifestación de la usurpación del estado policial de “Bushitler”. Michael Moore lo dijo hace algunos años: “No hay ninguna amenaza del terror en este país. Esto es mentira. Es la mayor mentira que nos han contado”. Esto se ha convertido en sentido común en la izquierda, unido cuidadosamente a una notable buena disposición hacia los yihadistas islámicos: un destacado ejemplo era la abogada feminista radical Lynne Stewart, que se convirtió en correo del jeque ciego Omar Abdel Rahmán, en prisión hoy por su papel en el atentado del World Trade Center de 1993. Las actividades de diversos miembros del “no violento” Movimiento de Solidaridad Internacional han planteado numerosos interrogantes con sus vínculos con yihadistas violentos.

De modo que, ¿qué tipo de mundo será para los izquierdistas que cierran los ojos ante la Yihad si los yihadistas logran sus objetivos? Escribiendo en la revista de ocio TimeOut London de junio, el editor general de TimeOut, Michael Hodges, imaginaba un Londres islámico. El Londres bajo la ley sharia, escribía Hodges, será más sano: “la oración musulmana está diseñada para mantener en forma a los fieles, sus articulaciones flexibles y, cinco veces al día, sus estómagos planos”. Será estupendo: “prohíba el alcohol por todo el país y evitará muchas de las 22.000 muertes relacionadas con el alcohol y la factura nacional de 7.300.000.000 de libras en concepto de crimen y desorden relacionados con el alcohol cada año”. También será ecológicamente notorio, y la educación islámica “elevará el nivel de disciplina y auto respeto entre los jóvenes de Londres”.

Mientras tanto, “la aplicación de las normas alimentarias halal (`permisible’ en árabe) por todo Londres nos liberará del infarto a causa de nuestra adicción a la comida basura, y la adopción generalizada de la dieta del sur de Asia radica en zumo de frutas, arroz y vegetales con cordero o pollo ocasionales tendrá un efecto drástico sobre la obesidad, la hiperactividad, los desórdenes por déficit de atención y los problemas de salud pública asociados”. El racismo religioso desaparecerá al convertirse judíos, cristianos y — probablemente — hindúes en dhimmis protegidos bajo el benévolo estado de la ley islámica.

Desafortunadamente para los futuros dhimmis londinenses, no obstante, y para los progresistas de mentalidad similar, Hodges pasaba por alto unas cuantas cosas de su paraíso islámico izquierdista. No mencionaba que a cambio de “la protección” que recibirán de sus nuevos amos islámicos, las minorías religiosas tendrán que aceptar una posición social humillante de segunda clase que institucionaliza su humillación y les niega la igualdad de derechos con respecto a los musulmanes en muchos sentidos — asegurando que “se sientan sometidos” (Corán 9:29). La vida tampoco será mucho más confortable para los ateos progresistas de moda.

El país islamizado de Occidente, mientras tanto, estará lleno de fantasmas progresistas: oración en las escuelas; ilegalización del aborto (a excepción, probablemente, de casos relacionados con la vida de la madre); castigos corporales (extremadamente draconianos) para los homosexuales; y hasta poligamia legalizada (Corán 4:3) y violencia doméstica (Corán 4:34). La libertad de expresión también desaparecerá probablemente, al menos en lo que respecta al debate de los elementos del islam que incitan a la violencia — pero dada su tendencia a difamar en lugar de refutar a sus detractores, los izquierdistas probablemente no la echen mucho de menos.

No obstante, no hay duda de que un mundo en el que las actividades de José Padilla continúan sin impedimentos y los yihadistas tienen éxito finalmente en imponer su voluntad al resto de nosotros no será más cómodo en absoluto para los progresistas. Evidentemente ellos creen que no existe ningún desafío real a Occidente procedente del mundo islámico, y que el cristianismo (como detallo en mi nuevo libro ¿Religión de paz?) representa la verdadera amenaza teocrática al pluralismo occidental y el gobierno no sectario. El antiamericanismo multicultural del que se deriva esta ilusión puede ser más letal para la República americana a corto plazo que la propia yihad; pero a largo plazo, las dos amenazas se unen con bastante facilidad.

Anuncios