Veníamos habituados a que Francia encarnara la política apaciguadora de los europeos, ésa que facilitó la hecatombe nazi y más tarde al imperio estalinista.

 

    Nos parecía que el derrotismo era idiosincrásico en la política francesa, y que sería imposible revertir en los galos su simpatía para con los enemigos de la democracia, su proclividad a rendirse, su incapacidad de reconocer la barbárica agresión que el totalitarismo ha lanzado contra los valores de Occidente: la libertad de pensamiento, la igualdad de derechos –especialmente para la mujer–, la libre opción de estilos de vida.

 

    Son los principios fundadores de Francia, que perfeccionaron la célebre Declaración de Independencia estadounidense de 1776, cuando trece años después, en el segundo artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, nos ilustraban sobre derechos naturales e imprescriptibles: la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

 

    Para muchos de nosotros, la Francia post-degaullieana transitaba una reversión de los tres últimos principios, sobre todo en lo que concierne a política exterior. Caímos en el erudito pesimismo de Bernard Lewis, quien vaticina como inevitable el surgimiento de la République Islamique de la France, y recordamos la advertencia de hace un siglo del Ministro de Guerra Gallifet: el odio visceral a los judíos y a Israel parecía endémico entre los franceses.

 

    Pero en el momento de desesperanza, cuando nos condolíamos por el aciago destino del sol cultural que es Francia… Voilà! Nicolás Sarkozy.

 

    Recobramos energías, y celebramos la firmeza de su mensaje, las prioridades restablecidas, la valiente conciencia de que estamos en guerra y de que hay que detener los delirios hegemónicos islamistas.

 

    Sarkozy brega por poner a su país de pie frente a la teocracia iraní y clama por detener el desestabilizador programa nuclear de los iluminados. No se engaña con el «diálogo de civilizaciones»; ni siquiera con que haya una guerra de civilizaciones –cuando en realidad estamos crudamente defendiéndonos de un ataque troglodita contra la civilización. Le repele la sistemática distorsión de las noticias para criminalizar a Israel.

 

    Ante semejante cambio en Francia, los progres se ven en retirada, con los derrotistas, los criptodrinos y los aliados de la teocracia que invitó al Ku-Klux-Klan a un congreso para negar el Holocausto.

 

    Procuran un heredero para la decrepitud, y lo encontrarán. Porque aunque caigan los muros de Berlín y las uniones soviéticas por doquier, se vacíen dogma a dogma los postulados del socialismo «científico», se decapite a periodistas por televisión y se enseñe que la Shoá es un mito, con todo siempre surgirá un demagogo para clamar desde Caracas que «Irán y Venezuela son una misma patria y una misma revolución”. ¿Estarán por prohibir las relaciones prematrimoniales en Venezuela? ¿Desaparecerán de ese país los homosexuales, como informó Mahmud que les ha ocurrido en Irán? ¿Amputarán las manos de los ladrones? ¿Continuarán las caribeñas yendo a sus hermosas playas, o las reemplazarán por el chador y el burka liberadores?

 

    Crece el Hezbolá en Venezuela, y la izquierda autista llama a esa violencia suicida «liberación». Mientras el líder del Hezbolá en ese país, Teodoro Darnnott, era detenido por hacer detonar explosivos en la embajada norteamericana, gritaban que Bush es terrorista. Lo mismo esgrime Hebe de Bonafini en Argentina mientras literalmente celebra el asesinato de tres mil civiles norteamericanos (en 2001) y de incontables civiles israelíes (todos los años).

 

Argentina, precisamente.

 

La herencia de la Francia superada

 

    Argentina vive un despertar parecido al de Francia. Después de una década de desprestigio y corrupción, su Justicia volvió en sí, recupera su reputación internacional, y demostró en un admirable texto que Irán agredió brutalmente al país en 1992 y en 1994.

 

    El martes 25 de septiembre de 2007 el Presidente argentino coronó esa metamorfosis, y exigió al agresor, desde la Asamblea de las Naciones Unidas, que coopere en investigar los atentados que perpetró.

 

    Los criptodrinos agazapados temían que esa declaración se excediera, que en el zigzag entre Chávez y Occidente, Argentina se inclinara decididamente por el segundo. No llegó a tanto, aún no ha roto relaciones con su victimario, pero el paso del presidente Néstor Kirchner es promisorio.

 

    Un artículo de la amargada pluma de uno de los preocupados (el periodista Horacio Verbitzky) intentó, dos días antes del discurso de Kirchner, disuadirlo de tomar el toro por las astas y poner a la Argentina a la vanguardia del mundo libre. En la nota, Verbitzky califica de «endeble» al dictamen de la Justicia argentina que no leyó. Jamás se sabrá cuál de las 802 páginas le parece «endeble». ¿La que explica cómo desde el teléfono móvil de Mohsen Rabbani (ex agregado cultural iraní en Buenos Aires y manifiesto terrorista) se efectuaron llamadas clave desde el lugar del delito hacia la mezquita? ¿La que enumera los movimientos de fortunas de la cuenta de Rabbani en el Deutsche Bank, desde la que financiaba el terror judeofóbico y antiargentino? ¿O la que identifica al joven terrorista Ibrahim Hussein Berro que se autoinmoló para asesinar 85 personas el 18 de julio de 1994?

 

    En lugar de revelar páginas y renglones, el periodista devenido en letrado dio rienda suelta a su imaginación conspirativa, y acusa a la Justicia argentina de estar manipulada por la CIA («el dictamen fue acordado con organismos de inteligencia de Estados Unidos» sentencia el juez Verbitzky). ¿Pruebas? No hacen falta: los hombres del pensamiento único dan veredictos mondos y lirondos, y nadie se atreva a exigir raciocinio a la izquierda científica.

 

    Además, para ornamentar la superficialidad con insultos, el periodista llama a Pilar Rahola «lobbysta española del gobierno israelí». Ay, Verbitzky y sus acomplejados prejuicios antijudíos. Toleramos que se descalifique sin lectura previa a un volumen legal de más de 800 páginas, pero podía esperarse más cordura para con los artículos de Pilar Rahola: no son tan áridos, son encantadores como su autora, se leen con fluidez y para aprender de ellos sólo hace falta quebrar la coraza de soberbia y no suponer que se sabe todo de antemano.

 

    Quien conoce la obra de Pilar, sabe que ella no se expide sobre el gobierno israelí, por lo que difícilmente podría ser su «lobbysta» (además, que a nadie se le ocurra hablar bien de Israel, lejos de nosotros, porque semejante desafío a la corrección política nos transformará ipso facto en lobbystas). Cuando ellos opinan, emiten sentencias infalibles; cuando lo hacemos nosotros –revelamos un lobby de espurios intereses.

 

    La izquierda autista odia de Pilar que desenmascara su hipocresía: su obsesión contra la única democracia del Oriente Medio y su aquiescente complicidad para con las peores violaciones de los derechos humanos por parte de jeques, fascistas, teócratas y misóginos del mundo árabe-musulmán.

 

    Y por si todo esto fuera poco, el lobbysta de los ayatolás arroja finalmente su amenaza: no pongamos en evidencia que Irán colocó las bombas en la Argentina, porque si lo hacemos dispararán una tercera. Verbitzky da un ejemplo: si EEUU se decidiera a detener la nuclearización coránica, y si Argentina llegara a aparentar (líbrenos la providencia) cercanía a EEUU en ese conflicto, pues van a bombardearnos nuevamente, y las víctimas serán culpables de puro provocadoras. A no irritar a los pacíficos iraníes, que después de todo cien muertos en el centro de Buenos Aires no son tantos si los comparamos con los que podría haber en un tercer atentado si regañamos a los traviesos teócratas.

 

    El lobbysta de los ayatolás explica que la alineación con los EEUU durante el gobierno de Menem fue la causa de los dos primeros atentados. ¿Hay que provocar el tercero? ¿Acaso España quiere más Atochas, Argentina más AMIAs, Australia más Balis? A cuidarse pues.

 

    Por todo ello, advierte de que no hay que «acusar rotundamente al gobierno de Ahmadineyad». ¿Y de qué modo habría que acusarlos? ¿Con un email a los terroristas? ¿Poniendo al ayatolá Kamenei en penitencia por mal compañero? Verbitzky contesta: como máximo, lo que podría llegar a hacerse es «reclamar la cooperación del gobierno de Teherán en el esclarecimiento de los atentados». Hay que pedirles a Goering y a Streicher que colaboren en los juicios de Nürenberg, pero comprometiéndonos a no castigarlos nunca para que no nos metan otra bomba.

 

    En alguna medida, lamentablemente, el Presidente Kirchner aún tiene en cuenta esa receta derrotista y malévola. Habrá que alentarlo a desembarazarse de ella enteramente y a enfrentar valientemente a los enemigos de la Argentina, del pueblo judío, y del mundo libre.

Anuncios