El que usted nos ama y se desvive por el bienestar del pueblo judío no es ningún secreto, señor Presidente.

Cada vez que pronuncia un discurso, nos menciona, recuerda nuestros sufrimientos y hasta se toma la libertad de idear recursos para ayudarnos a terminar con ellos (aunque debo reconocer que a veces esos recursos son un poco drásticos).

Muchas veces sugirió que nuestro pequeño país debía trasladarse a lugares más agradables, tanto en lo climático como en la cantidad de recursos naturales.

Pero realmente, mi querido Mahmoud (permítame que lo llame por su nombre, pues es con cariño), sus últimas declaraciones con respecto al traslado de Israel a Alaska o Canadá, superan ampliamente a otras demostraciones del amor que tiene hacia nosotros.

Canadá, con sus lagos, sus tierras fértiles, sus ríos, sus recursos mineros (es cierto que en invierno el clima es un poco crudo, pero los veranos compensan con creces ese rigor, pues son agradables y templados y no como el poco variado clima del lugar en que estamos ahora: calor y lluvia en invierno, calor y calor en verano).

Y lo mismo se puede decir de Alaska, con el agregado de su riqueza petrolífera (el petróleo es algo inexistente en donde nos encontramos).

Pero, y siempre hay un pero, parece que la tan mentada “inteligencia judía” es un mito, pues en lugar de aceptar su oferta, somos tan tontos que preferimos quedarnos en nuestro pequeño desierto.

Rechazamos el vivir con holgura en las enormes praderas canadienses y preferimos vivir apiñados en nuestras ciudades (¡Que asco! Todos amontonados, soportando los gritos del vecino de arriba y el olor a ajo del vecino de al lado).

Rechazamos los grandes recursos naturales de Alaska porque preferimos sufrir por la carencia de los mismos.

Pero, para que su almita pura y noble no se sienta acongojada, le propongo algo para beneficiar a otro pueblo que también sufre: ¡TRASLADEMOS A LOS PALESTINOS A ALASKA O CANADA! Allí podrán construir su estado dejando de lado las rivalidades: Una parte para Hamas, otra para Fataj, otra para Hizbollah. Cada grupo se haría cargo de una provincia y… ¡Basta de guerra civil! Con todo el territorio que tendrían, hasta podrían hacerle un lugarcito a usted y a sus seguidores para establecer una nueva República Islámica (además estaría más cerca de esos próceres latinoamericanos, Chávez, Morales y Castro, adalides de los pueblos oprimidos y libertadores de medio continente).

Es más, podría reunir un grupo de historiadores palestinos, y ellos, con su gran habilidad para tergiversar… perdón… para investigar la historia, hasta pueden descubrir que los algonquinos, hurones, iroqueses, salísh y atapascos de Canadá, o los aleutianos, inuit, nesilik, nunivak y yupik de Alaska, son en realidad los antepasados de los palestinos que fueron despojados de sus tierras ancestrales y se vieron forzados a emigrar a Medio Oriente. Y que la Ciudad Santa desde la cual Mahoma se elevó al cielo, no es esa vieja ciudad de Jerusalén, tan anticuada ella, sino la moderna Montreal.

Realmente mi querido Mahmoud me da pena el frustrar sus buenas intenciones, pero que le vamos a hacer, así somos los judíos, nos aferramos a ese trocito de tierra sin valor como si fuera el Jardín del Edén y rechazamos los paraísos terrenales que nos ofrecen personas tan bienintencionadas como usted.

Hágame caso, ofrézcale esos lugares a los palestinos, ellos, con tal de inventar… digo fundar su estado, aceptarían cualquier cosa.

El problema (aunque se que usted puede solucionarlo con un par de bombas nucleares de las que está fabricando o mandando a algunos de sus amigos a detonarse) es si los canadienses o los estadounidenses van a aceptar que en sus territorios se funde tal estado.

Otra vez muchas gracias Señor Presidente Ahmadinedjad, ¡Y QUE SIGAN LOS EXITOS!

Israel Winicki

Fuente: www.porisrael.org

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