En el pasado siglo XX un solo hombre inspiró a millones y enseñó a marchar pacífica y orgullosamente exigiendo libertad. Esos hombres marcharon desarmados y sin temor a la represión. La nación India se levantó en masa y, a través de la pacifica desobediencia civil, forzó el final de la ocupación británica. Mahatma Gandhi dio en esos tiempos una lección al mundo civilizado y logró, sin violencia, la retirada de una de las maquinarias militares más poderosas del planeta. Ghandi no suscitó una revolución sangrienta ni se levantó en armas, sino que plantó la semilla de la inteligencia y la sensatez humana y demostró con su ejemplo que la libertad se puede alcanzar por medios pacíficos. El pueblo palestino también puede alcanzar su sueño de una vida digna en su propio estado si adopta similares y pacíficos medios y rechaza los perversos dictámenes de quienes sostienen que los seres humanos deben volar por los aires en autobuses, discotecas o centros comerciales como metodología cotidiana y despiadada.Entrados ya en el siglo XXI, la pluma es mucho más poderosa que la espada, y la vida de un niño palestino o israelí no se compara con la disponibilidad o eficacia de un misil Kassam o uno tecnológicamente superior. Gran parte de la humanidad conoce a través de los medios de prensa el apoyo de los palestinos a Hamas y de los libaneses a Hezbolá. No se repara demasiado en lo que se dice, y menos aún si esto es verdad o “una verdad a medias”; éstas son más interesantes en las situaciones globales, como los cambios climáticos, el orden mundial, el progreso económico, la justicia social, la dignidad del individuo… Y a menudo estos absolutismos confunden el significado de palabras como paz o justicia de cara al logro de estos tópicos.

El mundo sería mucho más comprensivo si el mensaje de los palestinos, de sus hombres y mujeres, sus jóvenes y ancianos, fuera el de la movilización masiva un día cualquiera en una puesta del sol en las playas de Gaza “armados con velas y oraciones” para exigir a su directiva libertad y para ofrecer paz sincera. Solamente puede ser ése el orden en la ecuación-llave que abre un estado palestino.

Hay otro gran ejemplo histórico, la tragedia armenia. Un millón y medio de armenios fueron masacrados en 1915 por las tropas otomanas, miles de armenios se exiliaron por Oriente Medio y el mundo, y otros sufrieron más aún quedándose y viendo su patria anexionada a la antigua Unión Soviética. Pero los armenios renacieron de sus cenizas, nunca claudicaron, persistieron como civilización, cultura y economía. Los armenios no se levantaron en armas ni formaron grupos terroristas. Se repusieron y dieron a conocer al mundo su música, su poesía, su arte, sus invenciones, el comercio y las ciencias. Hoy, Armenia es libre sin disparar una sola bala. De igual manera un estado palestino independiente y en paz se puede lograr, y la manera más rápida para alcanzar la paz se encuentra en el amor a la vida y el respeto a ésta. Todo lo que su directiva ha dado a este pueblo ha sido miseria, exclusión y muerte.

No importa mucho qué límite geográfico controle un estado. Importa qué tratados bilaterales, comerciales y culturales tiene ese estado con las naciones vecinas. Así, sus ciudadanos se sentirán con derechos en su país y desde luego, es mucho más relevante el aspecto humano y la calidad de vida de las personas que la extensión de su territorio. Basta con observar cómo siente, piensa y actúa hoy un ciudadano italiano, un español o un francés: hace uso de su libertad para transitar y dedicarse a los negocios e incluso estudiar en distintos puntos de la Unión Europea. Las fronteras geográficas llegan a ser inaplicables entre democracias humanistas y modernas. Lo que verdaderamente importa es la libertad y dignidad del ser humano. Ésta es la esencia de la civilización.

En el siglo XXI la humanidad bien intencionada está atenta a los sufrimientos de los pueblos de Irak, de Palestina, el Líbano, Israel, Afganistán o de los pueblos de África, Europa del Este y América Latina, pero esa misma humanidad no va creer o aceptar indefinidamente que los actos de terrorismo se cometen “en nombre de los pueblos oprimidos”. La más cruel de toda opresión es la ignorancia, la desilusión, el odio, y el ninguneo a la paz en nombre de los oprimidos que hacen de sus discursos y acciones los terroristas. Además, no todos los pueblos oprimidos cometen actos de terrorismo, más bien al contrario. A comienzos del siglo XX, Egipto tenía una emergente comunidad judía. Antes de 1920, se había reducido a la mitad, cortesía del arabismo y el islamismo. Según cifras de la Agencia Judía, hoy quedan menos de 6 (seis) judíos en Egipto y en ningún momento se han conocido actos de terrorismo contra el gobierno egipcio. La teórica violencia palestina contra supuestas opresiones sería la excepción, no la norma.

Los palestinos deben tomar conciencia que la humanidad les apoyaría si eligen el camino sincero y honesto de la paz, y ello significa plantar cara a su directiva actual. Sólo así lograrán remediar sus males actuales y conformar una verdadera Nación que facilite una vida mejor para sus ciudadanos. De esta manera lograrán edificar un futuro que permitirá a sus generaciones ingresar en una nueva era de la historia de su pueblo.

Fuente: Diario de America

Anuncios