Hoy se conmemora una singular muestra de apoyo al sionismo

Mientras Blanche Dugdale agonizaba, algunos de sus amigos se acercaron a su lecho, para murmurarle una gran noticia: «Baffy, acaba de ser proclamado el Estado de Israel». La mujer esbozó una sonrisa, con la que expiró el 15 de mayo de 1948.

Quien hubiera visto a Baffy, hasta pocos meses antes de morir, dedicada con devoción al sionismo, no podría haber adivinado que no era judía. Se trataba de la sobrina, biógrafa y continuadora de otro inglés, quien marcó su camino: el conde Arthur James Balfour, de cuya célebre declaración se cumplen hoy noventa años.

En casi toda ciudad israelí, alguna plaza o calle rinde homenaje, en su nombre, al autor de la Declaración Balfour, del 2 de noviembre de 1917, en la que el gobierno británico apoyó la reivindicación de los judíos, de construir un hogar nacional en su tierra ancestral.

La Declaración fue recibida con algarabía entre los hebreos, y algunos intelectuales sionistas llegaron a considerar que el movimiento se había consumado. Así, Nahum Sókolov publicaba en dos tomos la primera crónica de esa ideología, bajo un elocuente título: Historia del Sionismo 1600-1917.

La desilusión no demoraría: las tres décadas subsiguientes de la política sionista consistieron, primordialmente, en la lucha para expulsar a los británicos de Palestina. En suma, la Declaración Balfour fue el máximo logro al que alcanzó el pueblo judío hasta ese momento, pero nunca se cumplió.

Por ello, resulta hipócrita la cantinela antisionista de que el Estado de Israel fue una cuña imperial de Albión en Oriente Medio. Israel nació precisamente de la lucha contra el imperio, y no como resultado de su apoyo. Otro fue el Estado que, ininterrumpidamente, representó en la región los intereses británicos que lo crearon: Jordania.

A pesar de su incumplimiento, la declaración era, y es, motivo de celebración, porque constituyó un espaldarazo al optimismo de los israelitas. El anhelo hebreo del retorno era alentado por la primera potencia mundial de marras, que para colmo que acababa de arrebatarle Palestina al imperio turco otomano, siempre renuente éste al desarrollo de la vida judía en el desértico país.

El hecho de que los israelitas debieran combatir para recuperar su tierra, merece una reflexión histórica adicional, dado que, junto al aniversario de la Declaración Balfour, se ha cumplido un siglo de las armas hebreas modernas.

En efecto, hace cien años, diez hombres (entre ellos, un ulterior presidente de Israel) fundaron, en la ciudad de Yafo, la orden militar secreta Bar-Guiora. Ésta, constituida el 29 de septiembre de 1907, heredaba a los grupos de autodefensa judía llamados Shomerím, y eventualmente devino en otros dos grupos: Hashomér y Guidoním.

La militarización hebrea también se renovó en el frente externo, con la creación de la Legión Judía por parte de Zeev Jabotinsky. Ésta combatió contra los turcos en Galípoli, durante la Primera Guerra Mundial.

Luego surgirían en Eretz Israel los tres regimientos que combatieron al imperio británico y a la agresión árabe-musulmana: Haganá, Etzel y Leji. La terna terminó unificándose en 1948, para conformar el actual Tzahal, o Ejército de Defensa de Israel.

Al respecto, vale concluir que la necesidad de autodefensa judía frente a la agresión, no fue resultante de que ocupáramos territorios, y ni siquiera de que construyéramos un Estado propio. La «intifada» de cien años que venimos padeciendo, expresa la hostilidad árabe-musulmana a la presencia judía, civilizadora, en un pequeño territorio.

El hombre detrás de la Declaración

Balfour se había interesado por el sionismo a principios del siglo XX, mientras como Primer Ministro británico se informó de las negociaciones que Teodoro Herzl mantenía con el Secretario de Colonias, Joseph Chamberlain.

Unos años después, lo impresionó la personalidad de Jaim Weizmann, científico cercano a Albert Einstein, que después de liderar la Organización Sionista Mundial, fue el primer Presidente de Israel.

Balfour pidió entrevistarse con Weizmann en el Queen’s Hotel londinense, a fin de comprender los motivos de la resistencia al «plan Uganda»{1}. Weizmann aprovechó para explicar a Balfour el significado profundo del sionismo, y llegó a calificar la aceptación de «cualquier Uganda» como «una forma de la idolatría».

—¿Aceptaría usted Uganda en lugar de Londres? –habría preguntado.
—Pero, doctor Weizmann, nosotros ya tenemos Londres.
—Es verdad. Pero nosotros teníamos Jerusalén cuando Londres era un pantano.

Aquel diálogo, de más de una hora, confirmó a Balfour como sionista cristiano y, durante la Gran Guerra, ya a cargo de las RREE, posibilitó la declaración que lleva su nombre: «el gobierno de Su Majestad ve con buenos el establecimiento de un hogar nacional judío…» El sionismo obtenía así su máximo logro diplomático hasta el momento, que había sido obstruido mayormente por judíos. (Como algunos de los de hoy en día, aquéllos sintieron la necesidad de denostar a Israel, a modo de testimonio de su lealtad y patriotismo).

Según Leonard Stein, Balfour se adhirió al sionismo, porque veía en la persecución judeofóbica una desgracia de la cris­tiandad, que debía repararse.

Cuatro años más tarde, en 1921, la conferencia de la Liga de las Naciones, en San Remo, aprobó que el Reino Unido administrara Palestina, bajo la explícita condición de que aquel solar debía transformarse en un Hogar Nacional judío, tal como se prometía en la declaración.

Aun cuando, en la historia judía, Balfour viene asociado casi exclusivamente a aquella gesta, cabe recordar que era también filósofo. Su tema fundamental fue la índole del credo. Para él, los actos humanos sólo pueden comprenderse a partir de un sistema de creencias, que obra como factor social. Allí radicaría la base de todo conocimiento, sea científico, social o filosófico.

Más allá de las actuales menciones periodísticas con las que, en el Israel de hoy, se conmemora la declaración, cabe recordar dos alusiones anteriores: una de hace cuatro décadas y una de hace un año.

Medio siglo después de la Declaración Balfour, estallaba la Guerra de los Seis Días, consecuencia de que el panarabismo se propusiera destruir Israel, antes de la ocupación. El entonces Gran Rabino de Gran Bretaña, Emanuel Jakobovits, solicitó de los ingleses que ayudaran a salvaguardar al asediado Estado hebreo, y así «completar la Declaración Balfour».

Hace sólo un año, Dani Ayalón concluyó sus funciones como embajador israelí en Washington. En su despedida elogió la carta del gobierno norteamericano del 14 de abril de 2004, en la que el Presidente Bush asume que los refugiados palestinos deben retornar a su Estado cuando éste se cree (y no a Israel), cuyas fronteras deben estipularse teniendo en cuenta los cambios demográficos del último medio siglo. Para definir la importancia histórica de dicho documento, Ayalón lo definió «como la Declaración Balfour». Incumplida, la nonagenaria declaración sigue inspirando.

Nota

{1} Una propuesta británica, de que los judíos colonizaran un territorio africano. Éste les serviría de refugio frente a los pogromos que se perpetraban en Rusia, cada vez con mayor virulencia.

Fuente: El Catoblepas

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