Hizo transitar a su aguda inteligencia por los caminos penetrantes del escepticismo -“el don universal de los catalanes”-, y así nos legó una obra magna y profunda. Este mirador de análisis que hoy empieza, osa hacer un tímido homenaje al habitante de la Torre de las Horas, y desde la maestría de Francesc Pujols, se asoma a lo que Mafalda llamó “el manicomio redondo”. De Pujols és la frase que intenta inspirarlo: “la Humanidad tiende a la paz, a la higiene y a la ciencia. Si no fuera así, peor para ella, porque mientras haya guerra, suciedad y estulticia no habrá cumplido su destino que es la civilización”…

La primera parada es Sudán, país africano que hace décadas que padece una dictadura totalitaria islámica, una persistente guerra civil y un drama humano que ha generado miles de víctimas. La última noticia, a pesar de su gravedad, resultaría anecdótica en un país cuyos ciudadanos viven en uno de los regímenes más crueles que existen. Sin embargo, el desafortunado conflicto que ha creado la maestra británica Gillian Gibbons, al permitir que un juguete se llamara Mahoma, es el síntoma externo de un problema gravísimo que recorre el planeta, ante la ineptitud de las Naciones Unidas, la indiferencia de los sectores comprometidos, el silencio de los intelectuales y la impunidad de los culpables. El absurdo del escándalo Gibbons nos da la medida de la locura a que ha llegado el fundamentalismo islámico, amparado por un derecho internacional inoperante. El Sudán -y el crítico drama de Darfur- es el resultado final de una cadena de complicidades, activas o pasivas, que han permitido que una tiranía como la Omar Hassan al-Bashir, se perpetúe, sin apenas obstáculos. ¿Cuáles son esas complicidades? La primera, la del silencio. A pesar de que el régimen de al-Bashir está implicado en una auténtica limpieza étnica en el sur del país -práctica endémica por parte de los árabes musulmanes del norte, contra los negros animistas y cristianos del sur-, y que ha creado el drama de refugiados más importantes de la actualidad, no merece la preocupación de los sectores comprometidos que, tradicionalmente, alzan la voz contra los conflictos. Uno de los problemas más serios que tiene el derecho internacional, es el silencio de los intelectuales y los movimientos progresistas, siempre dispuestos a alzar pancartas contra las dos bestias negras del progresismo dogmático, Estados Unidos e Israel, pero indiferentes ante todo tipo de dictaduras y masacres que sean ajenas a esos dos países. Para que una víctima interese en los foros “solidarios” tiene que caer bajo las barras y estrellas, o la estrella de David. Cualquier otra víctima, merece la más absoluta indiferencia. En realidad, es una solidaridad de mirada bizca en función de quien muere o quien mata. Especialmente ciega, si las víctimas lo son del fundamentalismo islámico, tema tabú en el pensamiento políticamente correcto.

Sudán es, también, el resultado de la complicidad pasiva de la ONU, cuya incapacidad para preservar el derecho internacional se muestra, aquí, con toda su crudeza. Más que denunciar dictaduras tiránicas, su Asamblea General se ha convertido en el blanqueador de muchas de ellas, que agitan sus ideologías delirantes, legitimados por su naturaleza de miembros. El paseo triunfal de Ahmadineyad es el último botón de muestra. Y, a pesar de que Sudán recibe el castigo económico de países de la UE y de Estados Unidos, su petróleo va viento en popa gracias a Irán y al factor emergente de China, que ha descubierto en el Sudán una bonita puerta de entrada en África. Aliados no le faltan, y ello a sabiendas que ha sido balneario de los yihadistas de Bin Laden, que exporta terrorismo islámico a su vecinas Etiopía y Eritrea, y que el totalitarismo de su régimen llega incluso al castigo físico contra los niños. Todo está permitido, y casi todo es impune. Mientras, la ideología que importó Hassan al-Turabi al Sudán, proveniente de los Hermanos Musulmanes de Egipto, y que está llevando al Islam a un periodo de regresión y violencia, se grava sobre las carnes sudaneses

-incluyendo las de los animistas y cristianos-, a sangre y fuego. En este clima de dictadura islámica, ¿resulta sorprendente que una turba enloquecida pida la muerte de una pobre profesora, porqué los niños bautizaron a un osito de peluche con el nombre mayoritario de la clase, Mohamed, es decir, Mahoma? Es que lo tiene invertir en fanatismo, permitir masacres durante años y dejar a los tiranos que tiranicen impunemente a sus pueblos. ¿Será necesario que algún día aterrice un militar americano en Sudán, para que los progres de turno se interesen por este drama? La solidaridad tuerta es lo que tiene, que solo llora con un ojo.

Fuente: http://www.pilarrahola.com

Anuncios