Hace unos días, el Tribunal Constitucional se opuso a que se considerara delito el negar la existencia del Holocausto nazi, alegando que así se disminuiría la libertad de expresión.Yo creo fervientemente en la libertad de expresión. En mis anaqueles reposan juntos Lenin y Hitler, Mao y Goebbels, Tito y Cantalupo. Nunca he creído que el prohibir un libro sea una buena idea: de cualquier libro, por maléficas que sean las ideas que transporta, siempre se pueden obtener buenas reflexiones, o al menos conocimientos que aumenten el sustrato de nuestros futuros juicios de valor. Parafraseando un eslogan feminista, no hay libro malo sino lectores incompetentes.

Pero es que el genocidio, estimados jueces, no es una opinión. La negación de la Shoah es, simplemente, un insulto, una afrenta a un pueblo que ya ha sufrido demasiado como para que le regalen unas migajas de dolor extra.

De acuerdo: también hay libros que niegan que el hombre llegó a la luna o que el 11-S lo preparó el propio pentágono. Dice el Eclesiastés (1,15) que el número de tontos es infinito (Stultorum infinitus est numerus). Y si no lo dijera la Biblia habría que decirlo ahora. Pero no es lo mismo escribir un profundo tratado que demuestre que el sol gira en torno a la tierra, a negar los hornos crematorios. Lo primero solo da risa, lo segundo produce lágrimas.

Y ojo, insisto: nada tengo contra que quien lo desee se ilustre o intoxique con Marx, Rosemberg, Engels o Sponholz. Allá cada cual con la digestión intelectual que haga. Pero esta sentencia no genera libertad de expresión, tan sólo camufla una bofetada a las víctimas del peor genocidio de la historia.

Lo que provoca el sonrojo de la vergüenza ajena, es que una sentencia así se haya dado en España y por el Tribunal Constitucional. Negar el genocidio, tal y como lo hacen el presidente iraní Mahmud Ahmadineyad o los palestinos radicales (quizá no sea ajeno a este fenómeno la alianza de civilizaciones que el gobierno de José Luis y su guitarra promueven), es tan dañino como suministrar cocaína en los colegios o crear una cátedra de quiromancia.

Y esto ¿a quien beneficia? Si excluimos a los que sonríen al recordar que Adolf Eichmann comentaba en Buenos Aires antes de ser capturado, juzgado y ahorcado en Tel Aviv que “Nos faltaron 1.200.000 para haber terminado la purificación. Las nuevas generaciones europeas nos lo habrían agradecido”, no parece existir nadie más en la cola de las felicitaciones.

Negar impunemente el Holocausto es el mayor acto antisemita que se pueda concebir. Distorsionar la historia (no he dicho revisar; revisar es algo constructivo y esto es mero daño gratuito) convierte el sacrificio de tanta gente en algo inútil. En una victoria de los nazis que los empujaban y apiñaban en hornos crematorios.

Se invoca la libertad para el que ofende. Pero ¿y la de los ofendidos..?. No. Hay personas que no pueden comprender lo que es ver como seis millones son convertidos en cenizas, para que luego un par de cretinos se otorguen la facultad de orinarse sobre ellas. No podrán entenderlo nunca. Quizá, afortunadamente.

Fuente: http://www.minutodigital.com

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