La evolución humana nos ha elevado a un estadio político en el que priva el principio de la racionalidad por encima de la autoridad basada en la fuerza. Sin embargo, la racionalidad como fundamento encierra en sí misma una limitación paradojal: cuando la razón misma viene a ser impuesta por la fuerza.

Para aclarar la idea cabe distinguir entre la «racionalidad infalible», en la que se sustentaría un gobierno que supone sus móviles enteramente racionales, y la «racionalidad dúctil», aquella que puede servir de base a la autoridad, pero bajo el permanente monitoreo de los resultados, para ver si se producen de acuerdo con lo previsto.

La democracia liberal actual, con sus partidos políticos, libertad de opinión y de asociación, crea las condiciones para un sistema perfeccionable desde el sistema en sí, uno «dúctil», que jamás podría hallarse en una estructura cerrada. Si bien la tradición liberal en su conjunto reflejó los ideales de racionalidad de la Ilustración, no fue unánime en cuanto a las limitaciones de la racionalidad. En el momento de diagnosticar la realidad y ofrecer soluciones a sus inacabables problemas, es necesario hacer privar la racionalidad por encima de la fuerza –pero no por encima de la realidad.

La fuente del elemento totalitario en la tradición liberal ha sido señalada por Friedrich von Hayek en el primer capítulo de Individualismo y orden económico (1949) en el que marca el contraste entre dos escuelas denominadas individualistas.

Una es de tradición inglesa, encarnada en Adam Smith, que ve al hombre como siempre falible, cuyos errores individuales son corregidos en el curso de un proceso social, y por ende trata de sacar el máximo provecho de un material muy imperfecto.

La segunda es de tradición francesa, encarnada en Descartes, en la que priva la concepción de una Razón con R mayúscula. Según ésta el raciocinio que puede alcanzarse es uno solo, por lo que se deduce que la verdad política es una, y uno es el camino correcto, incluso en sus detalles.

El contraste con la concepción verdaderamente liberal está detalladamente expuesto en otro clásico: Los orígenes de la democracia totalitaria (1955) del israelí Jacob Talmón, que rastrea hasta Francia el espejismo de que la política puede ser concebida como una ciencia exacta.

Talmon mostró que las raíces del fascismo y del comunismo están en la propia Revolución Francesa, que se asumió con arrogancia como la cristalización de la racionalidad. Las mejores ideas de democracia distan mucho de la de Robespierre y su Comité de Seguridad Pública, que proclamó el «Reino del Terror» como política gubernamental contra sus propios ciudadanos. Esa «verdad democrática» bregaba por imponerse violentamente.

El pensamiento liberal más sublime supone, por el contrario, que la política es una cuestión de ensayo y error, y aprendizaje de la experiencia. Ve, en los regímenes políticos, ajustes pragmáticos para un momento determinado.

La escuela de la democracia totalitaria se sustenta en que en la política hay una única verdad, que es científica. Para definir esta corriente Talmon acuñó el concepto de «mesianismo político».

He aquí el quid del totalitarismo. Parte desde poseer la verdad y la aplica a la vida pública como única alternativa. En vez de ello, la otra corriente elige la mejor alternativa de entre muchas, siempre repensándola y controlando cada alteración y vaivén, para que los resultados no se aparten demasiado de lo previsible.

En Occidente, el sistema está basado en la autocrítica que enseñaron los profetas hebreos. El motor del progreso social no es un aquelarre de burócratas sino las posibilidades del hombre de perfeccionar lo que tiene a su alrededor criticándolo, y generando naturalmente los anticuerpos necesarios para atenuar sus vicios, sus abusos, los interminables defectos humanos. Aquí nunca una sociedad puede considerarse en la cima de su autorrealización, como los paraísos del Este en donde todo estuvo básicamente bien durante setenta años, y todo se decidía por unanimidad porque disentir era burgués, hasta que se descubrió la imperfección.

La Unión Soviética se proclamaba democrática desde el unipartidismo, las cárceles psiquiátricas, y la aristocracia de los aparichiki. Se fundamentaba en la soberbia ideológica del totalitario, que al considerarse científico, se imponía por la fuerza bruta desparramando dolor, muerte, desigualdad, deshumanización y liberticidio. Desde una supuesta y fatua cúspide de la historia, el socialismo anunciaba igualdad y derrochaba utopías y fracasos.

Recordemos a los saramagos de todos los países, anunciándonos futuros que nunca se cumplieron, especialistas todos ellos en pronosticar el pasado. Una vez que sus dislates son desenmascarados por la mismísima realidad, prosiguen iluminados, enfadados, decretando sus fatuos veredictos bajo una meditabunda aura de profundidad.

A fin de revisar los riesgos de emprender el «camino de servidumbre», no debe uno sopesar la medida en que la necesidad de libertad es declamada como valor, sino el grado de dogmatismo del declamador. Porque, aunque ninguna de las dos escuelas se presenta necesariamente en estado puro, la tendencia a inspirarse en la mera ideología para tomar una medida política constituye el peligro de resbalarse hacia el totalitarismo.

Cabe aquí traer un ejemplo de la vida política israelí.

El 13 de septiembre de 1993 se firmaron los llamados «Acuerdos de Oslo» entre Israel y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) presidida por Yasir Arafat, a quien Israel importaría desde Túnez a Gaza para poder cumplimentar el tratado. La OLP se comprometía en el pacto a abandonar el terrorismo, e Israel por su parte le entregaría territorios, dinero, prestigio, poder y armamentos. Ambos, intercambiaban la posibilidad histórica de convivir en paz para crear un Medio Oriente mejor. A la semana siguiente, un acto terrorista asesinaba a Igal Vaknin y Amitai Kapaj. Muchos entendimos de inmediato que el terrorismo no se detendría ni por un día, como trágicamente ocurrió.

El gobierno israelí seguía aplicando su «política científica» y diagnosticaba los actos de terror como los últimos manotazos del ahogado.

El 13 de octubre, Israel y la OLP inauguraban, en Taba (Egipto), las negociaciones sobre la evacuación israelí de Gaza y Jericó. La semana siguiente terroristas asesinaban a Ehud Roth e Ilan Levi. Pero los mesianistas insistían en que «íbamos bien». El 9 de febrero de 1994 Israel firmaba con la OLP otro acuerdo en El Cairo que aplicaba el autogobierno palestino. Al otro día eran asesinados Naftali Sohar e Ilan Sodari. Pero «estábamos en el buen camino». A los pocos días, palestinos asesinaban a Noam Cohen y Zipora Sasson. «Serían las últimas víctimas».

El 3 de abril el ejército hebreo evacuaba Jericó, y a los tres días un terrorista suicida asesinaba en Afula a los jóvenes Maya Alharar, Vered Mordechai, Fadia Shalabi, Asher Atia, Ayelet Vahava, Ahuva Unala-Cohen, Ilana Schreiber, y Meirav Ben-Moshe. La política israelí no se modificaba un ápice, porque era «la aplicación de una verdad».

El 4 de mayo, Rabin y Arafat firmaban los acuerdos de El Cairo y a los pocos días la gente de Arafat asesinaba a Margalit Shochat y Rafael Yaeri (vale dar los nombres de los asesinados israelíes para compensar a los medios que en general los omiten cuidadosamente).

Rodeados por sociedades opresivas

La secuencia era macabra: Israel firmaba, entregaba, y era asesinado. La OLP se comprometía, una y otra vez, por medio de variados y detallados acuerdos, a poner fin al terrorismo, y simultáneamente asesinaba. Mandaba suicidas, niños con explosivos, enseñaba en las escuelas a matar judíos. El dantesco cuadro que en una década dejó mil civiles israelíes asesinados, presentaba una faceta tenebrosa adicional.

La actitud de la izquierda israelí, entonces en el gobierno, era un claro ejemplo de mesianismo político. La única verdad que veía era firmar acuerdos de paz. Si éstos no traían paz, algo de erróneo debía haber en la realidad. Pero la actitud autista no se modificaba, los israelíes seguían siendo asesinados y sus políticos oficiales eran simplemente incapaces de aceptar la verdad que les golpeaba en la cara: la OLP firmaba y seguía matando, por lo que los acuerdos de Oslo habían sido un enorme error.

Al respecto constataba el periodista Charles Krauthammer: «la visión de la izquierda de un ‘nuevo Oriente Medio’, expuesta por una década, es una forma letal de mesianismo secular que ha llevado al peor baño de sangre de la historia de Israel. Los acuerdos de Oslo fueron la herida más catastrófica que ningún estado se haya infligido en la historia moderna. Para la izquierda mesiánica, Oslo fue más que un acuerdo, era en su mente la ratificación de una época distinta de la historia moderna… La paz no es imposible, pero depende de la voluntad de los árabes de convivir con Israel».

Aquí en Israel, el anhelo por la paz es casi una obsesión, y por lo tanto, aún cuando el afán en sí es una fuerza positiva, ha llevado a algunos israelíes a insistir incautamente en que, para obtener paz, sólo hace falta que el gobierno de Israel dé los pasos apropiados. Si no hay paz, pues es culpa nuestra. Aunque sea un poco culpa nuestra. La realidad es otra. Del mismo modo como no había modo alguno de saciar el impulso destructor del nazismo ni la tenacidad imperialista del comunismo, así no hay forma de apaciguar la brutalidad voraz del fundamentalismo islámico.

Cuando frente a nosotros opera un enemigo que aspira a destruirnos, nuestra única culpa radicará en no derrotarlo, o en no aspirar a derrotarlo. El odio contra la única democracia de la región no se disipará cuando Israel se someta a las demandas de sus enemigos, sino cuando éstos sean derrotados en sus metas genocidas.

El islamismo odia a Occidente por lo que es, no por lo que hace. Un mundo que progresa en libertad, en igualdad de derechos para la mujer, en autocrítica, efervescencia, debate, relativa prosperidad.

El odio no se debe a su pobreza. No son las penurias las que llevaron a Abu Musab al-Zarqawi a decapitar por televisión a Nicholas Berg. Pueblos mucho más sufrientes, como los indígenas sudamericanos o tribus de África central, no vomitan odio a diestra y siniestra como los islamistas. Y éstos son en general de clases acomodadas, a veces millonarios.

Sin duda, los pueblos árabe-musulmanes, el palestino incluido, padecen gravísimas dificultades como la degradación de la mujer o el uso de niños para el terror, el rezago y la tendencia constante hacia la violencia. En fin: lo peor de las sociedades contemporáneas se ha concentrado en la guarida del mundo árabe, un resabio medieval al que su principal intelectual Edward Said, había denominado «un infierno». Un infierno social, al que lo agrava una característica que le es propia: siempre le echa culpas al mundo externo.

Se trata de sociedades que reprimen la curiosidad, el aprendizaje, la lectura, la creatividad, la crítica, todo lo bueno. Por ello son usinas del aborrecimiento.

El promedio mundial de computadoras por cada mil habitantes es de ochenta. En los países árabes, menos de la cuarta parte. Los árabes conectados a Internet no llegan al dos por ciento. En tres años, más de quince mil médicos árabes abandonaron sus países. La censura es practicada en los veintidós regímenes árabes, que en toda su historia tradujeron menos libros que los que España traduce en un año.

La doctrina totalitaria no resiste ser cuestionada. Un resquebrajamiento crítico y se desmorona su edificio. Es inimaginable un mundo de paz que la incluya.

Incluso si el mundo entero se convirtiera al Islam, la guerra continuaría, probablemente entre las sectas islamistas que se atribuyen ser su versión más pura. La motivación sagrada es golpear, más que lograr algo específico con el golpe.

Entre el opaco mundo árabe, la colorida sociedad israelí prorrumpe con atrevido brillo. La vasta pluralidad de ideas, partidos y organizaciones que conviven en Israel, es continuidad directa de la tradición del judaísmo que siempre exaltó la diversidad de opiniones.

Israel también es agredido no por sus acciones, sino por ser el espejo del gran fracaso de sus vecinos, y por el hecho de que sea un Estado judío. Ello le hace absorber en sí mismo la corriente del odio que antes se volcaba contra el judío y ahora contra el judío de entre los países.

Por el contrario, la izquierda suele opinar que la guerra contra Israel se debe al comportamiento de los distintos gobiernos hebreos. La aspiración es cándida. De nada nos servirá echarnos culpas artificiales por una situación en la que nuestra responsabilidad es sumamente parcial. Ser o no ser es el dilema de Israel; no cómo actuar.

Fuente: El Catoblepas

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