Aunque Condoleezza Rice sigue insistiendo en que la creación de un Estado Palestino traerá seguridad a la región, los acontecimientos de estas últimas semanas no permiten pensar que se vaya a alcanzar fácilmente la calma y la estabilidad con la única creación de tal estado. En la actualidad Occidente continúa en un callejón sin salida, ejecutando políticas que no van a solucionar el problema del conflicto árabe-israelí, pero que son publicitadas como el camino de la victoria de Occidente sobre el fundamentalismo islámico en la guerra contra el terror. De hecho, el conflicto árabe-israelí en sí – el punto central y muchas veces único de la política norteamericana u occidental hacia Oriente Medio – se articula en la confrontación global contra el terrorismo encarnado por Ben Laden y aquellos a quien Europa aún financia con millones de euros desde la UE.

 

Las tendencias del mundo de hoy, la globalización, la tecnología, el secularismo y fundamentalmente el deseo universal de los seres humanos de vivir en libertad y participar en los asuntos públicos no son susceptibles de ser derrotadas por los fundamentalistas islámicos que anhelan restaurar tradiciones del siglo VII. El fundamentalismo, independientemente de lo que se escuche en la calle árabe o en la prensa occidental adicta a ella, es rechazado por los musulmanes moderados y no podrá afianzarse en esta época ilustrada en la que todas las religiones se encuentran en retirada frente a los avances de la ciencia y la tecnología. La salvedad reside en que el fundamentalismo islámico se impone por la fuerza. La grave amenaza que representa el fundamentalismo islámico no es tanto el atractivo de su ideología, sino el potencial que tiene eventualmente con medios destructivos para tratar de imponerse mundialmente.

 

La historia es infalible; desde tiempos inmemoriales, todos los conflictos internacionales y regionales han tenido repercusiones en Oriente Medio. Observando la historia de la región desde 1870 a la actualidad, son claramente identificables ciclos recurrentes y similares. Por complejas razones que tienen que ver con la relación religión-gobierno y sus estructuras políticas, sociales e históricas, la historia de la zona se caracteriza por una alternancia entre períodos de calma y otros de inestabilidad y profunda decadencia, estrechamente ligados y paralelos a la alternancia en el juego de poder que parece definir el tono y reflejar el conflicto entre los dos frentes de siempre: Occidente y Oriente. 

 

Por tanto, la denominada batalla “por ganar los corazones y las mentes” de los musulmanes de todo el mundo que algunos en Occidente quieren librar es una batalla inútil, porque la media de las personas, incluida la gran mayoría de los musulmanes, no quieren vivir bajo los dictámenes del fundamentalismo islámico y sus oligarcas. Todos sabemos, y es de sentido común, que si a los seres humanos se les brinda la posibilidad de elegir, nunca eligen ningún tipo de opresión. 

 

La verdadera batalla a nivel global es, por desgracia, fundamentalmente militar, y activa-preventiva, antes que ideológica o económica. 

 

En otras palabras, mientras a los fundamentalistas islámicos se les neutralice la capacidad de atacar y realizar matanzas a gran escala como las del 11 de Septiembre, Atocha, Londres, Bali u otras tantas, hay poco que temer del futuro. La causa fundamentalista estará perdida por definición. 

 

Por tanto, sin restar importancia al tema y aunque a corto plazo puedan causar mucho daño aún, a largo plazo la turbulencia no es eterna, solamente temporal, cíclica y demostrada a través de la historia. Siempre que se cumplan las condiciones que históricamente se han cumplido, que no son precisamente las de sentarse a esperar que pase la turbulencia o dar discursos buenistas mientras las capitales europeas se despiertan cada mañana con una célula desactivada nueva, en el mejor de los casos.

 

Fuente: Diario de America

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