El 2 de agosto de 1940, moría sin poder ver realizado su sueño, Zeev Jabotinsky. Al cumplirse 69 años de su muerte, el casi mítico Presidente de Israel Shimon Peres se refería a este acontecimiento frente a su tumba en el Monte Herzl. “Es probable que los grandes líderes estén destinados a cometer grandes errores”, decía el interminable Peres, refiriéndose a que Jabotinsky no acertó respecto a los límites geográficos que tendría el futuro Estado.

Es indudable que en cuanto a “ambas márgenes del Jordan” como límites del territorio soberano de Israel, Jabotinsky se equivocó. Pero fue una picardía del Presidente, que atribuyo a reminiscencias de su socialista y lejana juventud, resaltar ese aspecto, pues es uno de los muy pocos conceptos en los que Jabotinsky no predijo con exactitud el futuro.

En todos los demás, la visión de Jabotinsky fue de una clarividencia tal, que para muchos (entre los cuales me incluyo) estamos ante la presencia de un verdadero profeta moderno.

Si bien su figura está rodeada de prejuicios, éstos no se basan en el conocimiento real de su pensamiento político, sino en los eslóganes que utilizaban sus detractores.

Siempre estuvo convencido de que un Estado judío era una necesidad histórica que habría de llegar. Por ello propuso en 1931 que el 17º Congreso Sionista definiera que su objetivo era el establecimiento de un Estado judío a ambas márgenes del Jordán. Pero los delegados que se negaron a hacerlo, no lo hicieron por una discrepancia geográfica, sino por una diferencia conceptual, pues apenas se animaban a hablar tímidamente de un Hogar Nacional Judío.

Demás está decir, que a Jabotinsky le asistió la razón en cuanto a la necesidad de la existencia de un Estado, mientras otros líderes sionistas se conformaban con mucho menos que eso.

Entendía que el idioma hebreo era un elemento central en la construcción de la nación. Muchos habían abogado por el uso de otros idiomas.

Predijo explícitamente la Shoá. Llamó a terminar con la diáspora antes que la diáspora terminara con los judíos. Emitía sus mensajes en un tono de urgencia que no era compartido por los demás líderes sionistas. Acaecido el Holocausto no hace falta ahondar sobre quién tenía razón.

Al estallar la Primera Guerra Mundial propuso la creación de una legión judía que apoyara a los aliados en la liberación de Palestina de manos de los otomanos, para luego ganar el derecho a exigir la creación de un Estado judío independiente.

En cambio, el liderazgo sionista oficial apoyaba la neutralidad. El propio Ben Gurión se opuso a la creación del “Cuerpo de Muleteros de Sión”. Sin embargo con la Declaración Balfour, cambió su posición al punto de integrarse él mismo como soldado a dicha brigada.

No parece haberse equivocado tampoco, cuando exigió a las autoridades sionistas modificar sus moderadas políticas respecto a la imposición de restricciones a la inmigración judía a Palestina (Libro Blanco) por parte del Mandato Británico, liderando algunos de los primeros intentos por rescatar judíos en forma clandestina.

Pero más allá de acontecimientos históricos puntuales, quien transite hoy por el Israel moderno, verá un país cuyas características son tales como previó Jabotinsky y definitivamente diferentes a las que concebían sus rivales políticos contemporáneos.

El liderazgo sionista tenía una concepción socialista, colectivista, extremadamente estatista.

Su objetivo era representar los intereses de la clase obrera y veían con malos ojos la propiedad privada.

Jabotinsky en cambio ponía en la cúspide de la jerarquía al individuo. La función del Estado debía ser servir al individuo y no viceversa. A pesar de las acusaciones de sus adversarios, se consideraba a sí mismo acérrimo enemigo del fascismo.

El Estado debía proveer al individuo la satisfacción de sus necesidades básicas, independientemente de si tenía trabajo o no. Para los judíos “no sólo el que trabaja debe comer sino todo el que ronda hambriento”.

Consideraba a la democracia como el mejor sistema político para expresar la voluntad de un pueblo e imprescindible para respetar a las minorías. Para él lo esencial de la democracia era la libertad.

Creía que el liberalismo tiene sus raíces en la naturaleza humana, a diferencia del régimen socialista que la contradice. Por eso, a su entender, la humanidad no se dirigía hacia el socialismo, como sostenían sus oponentes, sino en la dirección contraria.

Estaba en contra del concepto marxista de lucha de clases y proponía el arbitraje nacional para la conciliación de los diferentes intereses en la sociedad.

Aspiraba a un sistema de gobierno parlamentarista y consideraba a la iniciativa privada el factor determinante en la conformación de una sociedad.

Entendía a los prejuicios racistas como patologías que no podían ser curadas por medio del Derecho, sino que debían serlo por la educación general obligatoria. Todos los habitantes del futuro Estado debían tener los mismos derechos sin distinciones de raza, credo o nacionalidad.

Respecto al rol de la mujer expresaba que no existe función o profesión que no confiaría a una mujer.

Creía en la separación entre el Estado y la religión, pues ésta debía ser una cuestión privada. Por otro lado, el Estado Judío debía basarse en la tradición judía para erigirse en un Estado ideal y asimismo velar por su continuidad y desarrollo.

Entendía que la calidad de la producción no depende de la naturaleza sino del hombre, por ello Suiza producía chocolates de calidad sin poseer cacao. En esta era de la tecnología, ¿quién puede hoy negar esa aseveración?

Respecto a la guerra, pensaba que era una enfermedad de la cual la humanidad alguna vez se curaría, pero mientras tanto era necesario tener un ejército poderoso con capacidad de acción y disuasión.

Las negociaciones de paz con los árabes solo resultarían exitosas, cuando éstos llegaran al pleno convencimiento que no sería posible mediante las armas deshacerse de los judíos. Entonces y sólo entonces perderían influencia los grupos extremistas.

Es improbable que haya imaginado que su nombre sería el que más se reitera en las calles de todas las ciudades de Israel. Pero sobre las características que tendría el futuro Estado, su fisonomía, sistema político, sociedad, economía, idioma, ejército, problemas existenciales, sus predicciones tuvieron una exactitud asombrosa.

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Artículo publicado en Semanario Hebreo de Uruguay 13/08/09

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